Walter Otero: “Coleccionar arte está de moda” y otras reflexiones a 10 años de su galería


El salón es grande. Dos largas paredes blancas le hacen ver espacioso y luminoso. El montaje para la muestra es peculiar. Solo una de las paredes y un pequeño pedazo de la pared con la que converge al final, llevan la carga de la exhibición. Decenas de cuadros, imágenes, grabados, fotos y pinturas cuelgan allí. Podría decirse que es una de las paredes más costosas en todo San Juan -miles de dólares en arte de algunos de los artistas plásticos más grandes de Puerto Rico y el mundo-, pero Walter Otero dirá que no le interesa el dinero. No. Su vida, su trayectoria, se trata de mucho más que eso.

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Sentado frente a la muestra, se remontará, entonces, a sus inicios en este mundo extravagante. Recordará una de sus primeras lecciones. “Cuando yo compré mi primera obra de arte, que fue un grabado de [Rafael] Tufiño que valía $200, yo lo pagué de 20 en 20. Yo fui donde el galerista, con una cara de lechuga, a decirle: ‘Mira, yo te puedo comprar esto, pero yo te puedo dar $20 semanales’. Y él me dijo que sí. Ahí empecé a comprar como un nene chiquito. Empecé a comprar, como un loco, obras que conservo, que no están a la venta, tienen un valor sentimental”.

Walter Otero tampoco es un tipo humilde. No tiene por qué serlo. Su estatura en la escena de las artes es algo que ha ganado a fuerza de su trabajo. No tiene por qué esconderlo, y no lo hace: gafas grandes y oscuras, barba filosa, camisa Louis Vuitton, zapatos Versace con patrón de leopardo y un delicado Rolex plateado con números en verde oscuro y elegante en la muñeca izquierda.

La gente le dice que parece reguetonero, pero esas banalidades le resbalan. “Yo empecé como galerista y era el tipo más aburrido, siempre trajeado, bien formal, espejuelitos, y un día dije: ‘¿Sabes qué? Ya llegó la etapa de dar un cambio’”, cuenta.

19 de Mayo del 2023 Galeria de coleccionista de Arte. Y. Galerista Walter Otero que celebra el décimo aniversario de su galería.
david.villafane@gfrmedia.com (David Villafane/Staff)

Para Walter, el qué dirán es solo eso, qué dirán. “Esto yo lo hago para mí porque lo hago con un propósito. No es ego, no es prepotencia. Yo no lo estoy haciendo pensando qué está esperando la sociedad de mí o qué el mundo del arte en Puerto Rico está esperando de mí. Ya yo no miro eso, eso yo lo miraba cuando yo era un rookie”.

Aunque lleva 20 años trabajando con el arte plástico y la gestoría cultural, su galería oficial y más reciente, Walter Otero Contemporary Art, en Puerta de Tierra, cumple su décimo aniversario este año. Pero Walter no olvida cuando las cosas eran distintas, cuando todavía no era Walter Otero.

“Yo llevo diez años en este espacio, pero yo empecé en el 2003, mi primer espacio, un espacio alquilado en aquel momento sumamente pequeño. Era el momento de que pagaba las cosas con una tarjeta de crédito. No había dinero. Al principio yo era todo: un Cuca Gómez. Yo buscaba las piezas en el estudio del artista. Yo la llevaba a enmarcar. Yo la recogía en el enmarcador. Yo la colgaba en la pared. Yo llegaba temprano, limpiaba la galería, limpiaba el baño. Todo lo hacía yo”, recuerda con una sonrisa.

Ahora, cuenta con facilidades especializadas y empleados que se encargan de esas labores. Se puede dar el lujo de ser selectivo y cuidar de su tiempo. “En los orígenes no era así. Era un proceso en que venía una persona a ver la pieza varias veces. Ahora no, ahora entran y ya tú sabes por dónde lo vas a tocar. A mí me gusta que la persona esté segura de lo que está comprando”.

Durante los pasados 20 años, además de vender y exhibir arte, Walter también ha dedicado tiempo a encontrar la versión idónea de sí mismo, al menos a nivel público. La evolución de su galería es también la evolución de su persona. Su espacio cuenta tanto sobre su historia como sus palabras.

Pieza de Jeff Koons en la galería de Walter Otero. (Suministrada)

“Antes de estar aquí, yo funcionaba como un motor. Todo el mundo sabía de Walter Otero, pero nadie sabía cuál era la cara de Walter Otero. Este espacio me dio eso”.

En ese tiempo también ha aprendido a prescindir de lo que no le gusta o interesa. Solo hace cuatro exhibiciones al año, por ejemplo, y tampoco tiene interés en realizar ferias de artes o eventos de ese tipo.

Pero también tiene que haber balance. Es necesario ser flexible. “Tengo que ser menos. ¿Cómo se llama la palabra? Menos insoportable”, dice, y ríe.

Reconoce la influencia de grandes maestros en su formación autodidacta. “Yo empecé trabajando con un artista. El artista tenía una gran relación con su galerista siempre, y era Maud Duquella. Maud aquí es posiblemente la galerista, la mujer galerista más importante que este país ha dado. No es solamente por los años y la consistencia y la calidad de artistas que trabajaba, era cómo ella trabajaba por los artistas. Yo asistí a Maud en la galería en varias ocasiones porque la ayudaba a cubrir las vacaciones de un empleado o lo que fuera”, dice.

Fue allí que emprendió su viaje a este mundo de extravagancia, lujo y cultura. “Tú ibas a la galería y te sentías como que trabajar en el estudio es una cosa, pero aquí es otra. En la galería me enamoré de esa dinámica de elegancia, de recibir a la gente, hablarle de los cuadros. Ser un anfitrión para este grupo ‘elite’, en cierta manera en aquel momento”.

Y es que una ambición ardiente, de la que todavía quedan rastros, le corría por las venas. “Tenía muchas ganas de ser parte de la historia, porque yo vengo de una familia humilde, vengo de ser un anónimo. Nacido en Mayagüez, vivíamos en Sabana Grande y estudiaba en San Germán. El arte no se conoce allá”, menciona.

Como parte de la celebración de los 10 años de su galería, se llevará a cabo una exhibición curada especialmente y que lleva por título “Multitudes”. La selección cuenta con piezas de Virgil Abloh, fallecido director creativo de la colección para hombres de Louis Vuitton; obras del francés Yve Klein, el japonés Takashi Murakami, los estadounidenses Keith Haring, Jeff Koons, Alex Katz y Jasper Johns, del inglés Damien Hirst y el húngaro Víctor Vasarely y de los artistas puertorriqueños Francisco Rodón, Ángel Otero, José Lema, Arnaldo Roche, Jun Martínez y Juan Salgado, entre otros.

Más allá de un estilo de vida, el arte, para Walter Otero, es una visión de mundo, una apuesta a largo plazo, una inversión de tiempo y de recursos que requiere paciencia, que requiere cuidado y que requiere talento. Walter ha sabido escoger las flores que siembra en su jardín, cómo y cuándo regarlas y, en especial, cuándo están listas para recogerse.

“Yo cuando me enamoro de la cabeza de un artista, lo defiendo. Esa es la parte mía, defenderlo”, dice, mientras reconoce que ahora hay una fiebre por comprar arte. “Coleccionar está de moda”, explica.

Pero detrás de toda la fachada de galerista y vendedor, Walter sabe que la fórmula consiste principalmente en una cosa: “Esto aquí se hace con mucho corazón”.

Mirando la selección de piezas que ha curado para celebrar los 10 años de su espacio, lo ilustra, de repente, una epifanía.

“Llega un momento que tú no tienes que demostrarle nada a nadie. Hablas con tus artistas, les dices: ‘Yo te represento, pero yo voy a llegar hasta aquí’. Tenemos a Ángel Otero, que ahora lo representa una galería mundialmente, 18 sucursales. ¿Qué yo hago? Cuando me mandan tres cuadros, yo los cojo porque ya yo hice lo que tenía que hacer por él. Anoche se vendió un Ángel Otero en $304,800. En esa cantidad se vendió un cuadro de Ángel Otero en subasta anoche. Yo tengo 20 guardados, míos. Esa es la satisfacción. Estamos trabajando para eso”.



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