Desde su primer libro, ‘Cerrar los ojos para verte’, Rodrigo Olay ha sorprendido por su dominio, nada mimético, de la métrica tradicional. Conoce como ningún poeta de su generación, como pocos poetas de cualquier generación, los resortes del metro y de la rima; «el viejo y querido utillaje retórico», que diría Gimferrer, y el arte –tan clásico, aunque el nombre sea moderno– de la intertextualidad. Pero hay también en él algo nuevo, herencia de las vanguardias, un juego con la sintaxis, un despeinarla y llevarla, cuando lo cree necesario, hasta el balbuceo o el anacoluto, que lo emparenta con César Vallejo. Otro maestro muy presente es Blas de Otero, de quien ha aprendido a quitarle blandura garcilasista al soneto y a tratar de hacer que no suene a lo consabido.
Pero el virtuosismo tiene también sus riesgos. A veces nos fijamos tanto en las dificultades técnicas que se superan, en la destreza formal, que el poema deja de ser un poema para convertirse en un «más difícil todavía» superado con los menos tropiezos posibles.
Contrasta, por otra parte, en Rodrigo Olay la sabiduría del artífice con la ingenuidad del artista. Dámaso Alonso habló de poesía arraigada y poesía desarraigada. Al contrario que su maestro Blas de Otero, Rodrigo Olay pertenece al primer grupo: sus poemas nos hablan de los padres, de los hermanos, de los cumpleaños infantiles con los amigos, de las estancias de estudio en el extranjero, y de un amor correspondido, el único, el de la compañera para toda la vida. Hay también en algunos poemas – ‘Obviografía’, ‘Ante el espejo’–, referencias a las dificultades de salud que tuvo que superar desde la infancia. Ningún victimismo, ninguna queja en sus versos.
Rodrigo Olay –al menos el Rodrigo Olay que reflejan los poemas– es el hijo que todos los padres quisieran tener, el alumno preferido de cualquier profesor, el amigo siempre alegre y servicial, el fiel amante apasionado. Exactamente lo contrario de lo que suele ser la figura del poeta desde el romanticismo, del malditismo tan habitual en los poetas contemporáneos. Él es más bien un poeta de estirpe dieciochesca, época en la que es un destacado especialista. Hay en ‘Quizá yo’ un espléndido conjunto de poemas de amor – ‘A tu sabor de mí’, ‘Las noches’, ‘Sueño’–, y otro de poemas viajeros, entre los que destaca ‘Europa’, escrito en tercetos, pero no encadenados (el segundo verso de cada terceto queda libre), lo que evita la rigidez de esa composición estrófica. ‘Entre bosques azules’, «por jardines profundos», «sobre ríos verdosos y altos puentes», «en Belfast, en Burdeos, en Ginebra» pasó sus estancias académicas este estudioso poeta y de ellas nos trajo unas memorables «estampas de la vieja Europa», donde admira la precisión del adjetivo y lo sugerente de la pincelada impresionista. Lo mismo ocurre con otro poema que en principio parecía destinado a quedarse en un convencional poema familiar, ‘2019’, que tiene como pretexto un viaje hasta Jaén, acompañado de los padres, para recoger un premio literario. A ese viaje se añade el recuerdo de otros viajes en familia y el resultado es un deslumbrante calidoscopio de ciudades y lugares.
Abundan en Rodrigo Olay los versos que no desentonarían en un poeta del siglo de Oro. ‘La candidez altiva del Cervino’, por ejemplo, del poema ‘Suena la nieve’, brillante ejercicio sobre un tema tópico –la primera nevada del año–, en el que resonancias juanramonianas (‘Todas las nieves son la misma nieve’) y del Blas de Otero que escribió «cae la nieve poco a copo».
No hay cara sin cruz, y a veces parece que el poeta se deja llevar demasiado por el ingenio fácil. ‘En el hangar vacío’, tras varias retóricas vaguedades, termina con una variación de Jorge Manrique: «Al final, nuestras vidas son los trenes / que van a dar al hangar, / que es el morir». Pero hangar –«cobertizo grande, generalmente abierto, para guarecer aparatos de aviación o dirigibles»– no es el lugar al que van a morir los trenes. En otros casos, la facilidad para la versificación hace que el poema se alargue innecesariamente. Es lo que ocurre con ‘El verano’, un romance en eneasílabos en el que encontramos estrofas tan prescindibles como «porque no supe pero sé / que Argestes, Bóreas, Noto, Céfiro / son las razones de mi herida. / porque por ti bebo los vientos». Después del siglo XVIII, pocos poetas se habían atrevido a escribir versos semejantes.
Rodrigo Olay se atreve a eso y a emular a Ovidio con los hexámetros de ‘Póntica’ (a Ovidio o a los traductores de poesía clásica): «Veinte días después de casarnos el nono de aprilis / en la luz blanca y tierna de Pascua, la bruma me cerca y los pictos / con su lengua endiablada reclaman de mí sus tributos».
La erudición de Rodrigo Olay no es solo literaria. En ‘Domingos’ nos ofrece otro de los «trozos de bravura» del libro, una evocación de la historia reciente del motociclismo; solo él es capaz de escribir una enumeración tan precisa, tan llena de detalles exactos, con tan sugerentes pinceladas evocativas. Pero el final, que se quiere sorprendente, resulta inverosímil: «No amé nunca las motos, / pero sí / cada domingo de mi infancia, / cada / domingo luego de mi adolescencia, / ver las motos / al lado / de mi padre». Quien no amó nunca las motos, por mucho que las viera al lado de su padre, no puede escribir un poema como ‘Domingos’, salvo que lo consideramos como un laborioso ejercicio de retórica clásica y erudición deportiva.
Los tres poemas mínimos –una soleá, un haiku y una miniatura barroca– resultan prescindibles. Rodrigo Olay necesita un cierto espacio para sus admirables volatinerías verbales, que si a veces se quedan en el mero ejercicio, cuando dan en el clavo –y lo hacen a menudo– lo hacen como nadie de su generación –y pocos de cualquier otra– sería capaz de hacerlo.