Un perro de moda puede costar hasta $120 millones. ¿Qué hay detrás de esa “industria”?


En junio de 2020, un escándalo que incluía perros y aviones le dio la vuelta al mundo gracias a las redes sociales: 500 cachorros de bulldog francés llegaron a Canadá deshidratados, débiles y vomitando, sin mencionar que 38 habían muerto durante el trayecto, en un vuelo de la Ukraine International Airlines.

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Ese fue un caso que puso sobre la mesa la brutalidad de una industria que concibe el hecho de tener a un animal de compañía como una moda, invitando a gastar millones en perros que lo han perdido todo, su salud, el tiempo en el que permanecen en la Tierra e incluso la forma en la que son con el fin de llenar los bolsillos de los criadores, siendo olvidados como los seres sintientes que según las leyes colombianas son.

Solo basta con revisar las páginas de Mercado libre para entender que un bulldog francés blanco vale alrededor de $1’700.000, uno lilac, es decir uno al que el color de sus ojos varíe entre azul claro a azul turquesa y plata $13’000.000, y uno fluffy que es lo mismo que decir “uno de pelo largo”, $120’000.000. Números escandalosos para muchos, pero que corresponden con la ley de la oferta y la demanda, al que se han visto expuestos en la actualidad.

Pues tal y como escribió el periodista Enrique Alpañés en la revista para hombres de El País, ICON, en la última década, las inscripciones de bulldog francés han aumentado más de un 1.000 % en Estados Unidos, según la organización de razas de perros American Kennel Club (AKC), quien con entusiasmo anunció el pasado marzo que ‘¡Hay un nuevo top dog en la ciudad!’, celebrando así que se había convertido en la raza más popular de ese país, desbancando al labrador tras más de 30 años de reinado.

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“Pero la popularidad, cuando hablamos de perros, tiene un precio”. Y el precio al que se refiere Alpañes tiene que ver, por ejemplo, con que el bulldog francés pertenece a un grupo de razas de perros no deportivos entre las que se incluyen el boston terrier y el bulldog inglés, con las que comúnmente es confundida y de las que se diferencia por la particularidad de tener un cráneo plano entre dos orejas con forma de murciélago que no suelen ser cortadas o modificadas, es decir con las alteraciones genéticas a las que se han visto expuestos y que les ha desencadenado problemas de salud y una esperanza de vida de cuatro años y medio.

¿Por qué los perros empezaron a ponerse de moda?

Julio Aguirre, decano nacional de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Uniremington, explica que la orientación de la moda por un tipo de raza ha existido siempre, o por lo menos desde el momento en el que surgió, hace más o menos 20.000 años, la domesticación del Canis lupus familiaris, “un mamífero carnívoro de la familia de los cánidos, que constituye la especie del género Canis”, según la Fundación Charles Darwin, pues fue entonces cuando sus características empezaron a ser moldeadas para cumplir funciones específicas:

“Los primeros nómadas empezaron ese proceso de domesticación con el fin de cuidar a las familias, a cierto tipo de animales y a los sembrados que tenían instalados, y a partir de allí empezaron a generarse diferencias morfológicas, unas grandes, otras medianas, otras pequeñas, y a darse diferencias comportamentales, unas más lentas, más pasivas, otras más activas, unas más inteligentes, por decirlo de alguna manera, lo cual hizo que se fueran distribuyendo para ciertos tipos de trabajos y que se formara una segmentación de razas como la conocemos hoy”.

Los perros grandes dejaron de ser el centro de atención

Tanto así que desde el siglo pasado existen registros de asociaciones de razas de perros en diferentes países que se han enfocado a algunos por su función, por ejemplo, por los perros de cacería, lo cual logró por lógica consecuente que unas razas fueran más predominantes que otras, hasta que desde hace más o menos unos 70 años para acá, el cambio de conurbación o el trazo de crecimiento urbano en el mundo, generó que las familias tuvieran una elección de animales de compañía de acuerdo a sus posibilidades de vida.

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Cuando la mayoría de ciudades crecían horizontalmente, señala Aguirre, eran predominantes las razas grandes, que venían con referencias hollywoodescas: eran famosos los dálmatas, los pastores alemanes por las series policíacas, los dóberman por las películas de terror o algunas de defensa. Y cuando las ciudades empiezan a cambiar a un crecimiento vertical, o sea, por menos casas y más apartamentos, el gusto o la tendencia que se marcó fue por las razas pequeñas e incluso por los gatos. “Ahí surge el interés ya no por los grandes, sino por los animales pequeños”.

Es decir, gracias a que las dinámicas sociales cambiaron y los perros grandes dejaron de ser el centro de atención, y el puesto empezaron a ocuparlo los perros más pequeños, causando un fenómeno de capitalización del animal que perfectamente puede bifurcarse en tres temas considerados problemáticos hoy.

¿Por qué es problemático convertirse en “el perro que todos quieren tener”?

Primero, por un tema de abandono: “Durante el cambio, los animales grandes que habían sido comprados en su mayoría fueron arrojados a las calles y los programas de protección se vieron obligados a recibirlos, y eso se puede evidenciar si se revisan las características de los perros que estaban en La Perla hace 10 años”, anota el decano de Uniremington.

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Segundo, un tema de salud al que hace referencia la profesora de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad CES, Alina Berrío Betancur, y que tiene que ver con que, en el caso específico del bulldog francés, debido a lo mucho que se han criado para adaptarlos a las estéticas humanas, a su cara plana y a su hocico ñato, son canes que luchan por parpadear y por respirar durante casi toda su vida, generándoles constantemente afecciones.

Además de la condena genética que les supone estar en anuncios publicitarios, en el cine y en los brazos de los famosos que promueven estatus a quien los posean (ya que, sí, terminan siendo bienes de propiedad) y que se traduce en: endogamia (y en todas sus consecuencias nefastas), explotación (a veces a las hembras no se les da el tiempo suficiente para el adecuado descanso y bienestar entre cría y cría) y maltrato animal, en muchos de los casos.

Y el tercero, que lo describe Alpañés en su artículo: “A medida que el bulldog francés escalaba puestos en la lista de perritos más demandados, descendía peldaños en otro ranking: el de la esperanza de vida. Según un estudio del Royal Veterinary College de Hatfield, Reino Unido, realizado sobre 30.000 perros, se trata de la raza con menor longevidad entre las 18 analizadas, con 4,5 años de promedio.

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e sigue el bulldog inglés, con 7,4 años. Estas cifras (que pueden estar ligeramente distorsionadas por la sobrerrepresentación de cachorros en estas razas) contrastan con los casi 13 años que vive de media un Jack Russell”.

Y es que el éxito de los bulldog francés y demás perros pequeños se debe, como lo detalla Berrío, las formas en las que hoy se han establecido las relaciones entre humanos y animales de compañías, entendiendo que los primeros pueden ser concebidos como infantes: “Hoy se espera no solo por la reducción de los espacios que un perro se vea durante toda su vida lo más similar que se pueda a sus formas infantiles porque entonces va a ser más fácil de manejarlo. Si se mira un chihuahua, tan célebres gracias a Paris Hilton, cocker spaniel o un yorkshire de nueve años se ve como un cachorro de cualquiera otra raza, son de ojos grandes, de frentes abultadas, de cabezas redondas y de tamaños pequeños”.



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