San Juan de la Cruz: «Cántico espiritual. Poesía completa» I Nueva Revista

[ad_1]

San Juan de la Cruz, Juan de Yepes (1542-1591) por nombre civil, vivió una infancia en la pobreza. A los 21 años ingresó en la Orden del Carmen y a partir de 1564 completó su formación en la Universidad de Salamanca. En 1567 conoció a Teresa de Jesús, a la que se unió en la reforma del Carmelo. Las tensiones en el seno de la orden motivaron que en 1577 fuese recluido en una prisión conventual en Toledo. Eso propició su eclosión como poeta y místico. Es uno de los grandes de las letras en español.

María Jesús Mancho Duque es catedrática de Lengua Española en la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Una de sus líneas de investigación es la espiritualidad del Siglo de Oro, en especial la de los principales representantes de la mística carmelitana.


Avance

San Juan de la Cruz: «»Cántico espiritual». Poesía completa». Edición, estudio y notas de María Jesús Mancho Duque. Real Academia Española. Planeta, Madrid, 2023

La obra poética de San Juan de la Cruz es extraordinaria. El presente volumen de la Biblioteca Clásica de la RAE, el número 48 de los publicados hasta este momento, la presenta en una edición encabezada por el Cántico espiritual, para muchos, la cima absoluta de la poesía mística y amatoria en lengua española. Como suele ser corriente, los poemas vienen acompañado de la Declaración o glosas que el mismo Juan de Yepes redactó para explicar a sus lectores el sentido de sus versos.

El texto crítico del Cántico espiritual y de la Poesía completa se corresponde con el manuscrito del convento de las carmelitas de Sanlúcar de Barrameda, dedicado a la madre Ana de Jesús y autenticado por el propio san Juan de la Cruz, quien introdujo una serie de correcciones y anotaciones autógrafas. Es un códice de 1584. Mancho Duque incluye los nueve romances sobre el evangelio (In principio erat Verbum) en una única composición y añade una breve selección de poesías atribuidas a san Juan de la Cruz y avaladas por la tradición.

Hay, finalmente, un gran apartado de estudios y anexos: la biografía del poeta; san Juan y la tradición; sus recursos lingüísticos, estilo y retórica; el análisis de los poemas; san Juan y la crítica; la historia del texto; ediciones representativas y características de esta edición. Finalmente, índice, notas y bibliografía: un total de 925 densas páginas.


Artículo

San Juan de la Cruz, de familia humilde, ingresó en la Orden del Carmelo Descalzo y se formó sólidamente en la Universidad de Salamanca. Es, junto con santa Teresa de Ávila, un hijo notabilísimo carmelita y uno de los santos más influyentes en la historia de la Iglesia. Lo sorprendente es que cuando en el ámbito de las letras españolas se pregunta por un gran poeta, uno de los primeros nombres que surgen es él, un místico, es decir, un hombre que posee un conocimiento intuitivo de la divinidad derivado de alguna experiencia religiosa y que ha sido capaz de ponerlo por escrito. El interés por san Juan de la Cruz no se circunscribe, pues, solo a lo religioso. Hay poetas españoles vivos agnósticos y  catedráticos de Literatura española ateos que instalan a san Juan de la Cruz en el Olimpo poético hispano.

Salvo por problemas de castellano antiguo, un lector español hoy puede entender perfectamente a Garcilaso y a Lope de Vega. Más fáciles resultan Antonio Machado o Miguel Hernández. Pero mucha poesía de los poetas más modernos se ha vuelo incomprensible. Es lo que los técnicos llaman «irracionalismo poético» ¿Porque es mala? No necesariamente. En cualquier caso: la lectura de la poesía es compleja y más aún la lectura de la poesía mística. Se trata de expresar lo que apenas se puede decir, lo inefable.

¿Qué podría hacerse para revertir la situación? Una iniciativa, que desarrolla desde decenios el Frankfurter Allgemeine Zeitung, es la explicación del poema. Y mejor todavía si es el propio autor el que lo explica.

Pues bien, san Juan de la Cruz es un caso único también en esto. No solo compuso cimas líricas, sino que además las aclaró con su prosa y con ello produjo un material de valor utilísimo. Como se explica en el volumen editado por María Jesús Macho Duque, en la génesis de esas aclaraciones, que san Juan de la Cruz llama «declaraciones», están las respuestas verbales, o hechas en apuntes escritos a mano, a las preguntas formuladas al santo por las monjas de Beas y de Granada (p. 543). Esas declaraciones se convierten a la vez en obras maestras en prosa del Juan de la Cruz mistagogo (el Juan de la Cruz que inicia a otros en los misterios sagrados). Mancho Duque señala: «El modo de comentar san Juan de la Cruz sus propios poemas es un hecho excepcional para el que no se han encontrado precedentes explícitos» (p. 545). Su modelo implícito quizá hayan sido las glosas a las Sagradas Escrituras, comunes desde siempre.

San Juan de la Cruz señala que no hay que quedarse atado a sus explicaciones: «Y así, aunque en alguna manera se declaran [es decir, él mismo explica su poesía], no hay para qué atarse a la declaración, porque la sabiduría mística, la cual es por amor, de que las presentes canciones tratan, no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle» (p. 5). 

En el prólogo al Cántico espiritual, san Juan de la Cruz se pregunta «¿Quién podrá escribir lo que a las almas amorosas, donde él [Dios] mora, hace entender? Y ¿quién podrá manifestar con palabras lo que las hace sentir? Y ¿quién, finalmente, lo que las hace desear?» (p. 4). Contesta que nadie, pero hay que corregirlo: él pudo.

Veamos ahora lo anterior con un ejemplo. La primera estrofa del Cántico es:

¿Adónde te escondiste, 
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, 
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido (p. 7)

¿Bonito? Sí. Hay rimas consonantes que gustan a los niños (y a los mayores) en -iste y en -ido. Amado, ciervo, gemido: se anuncia una aventura amorosa… Pero atención, la aventura amorosa es entre un ser humano y Dios, que san Juan de la Cruz detalla en siete densas páginas de esta edición, páginas de la 49 a la 56.

¿Adónde te escondiste? El alma desea unirse a Dios, pero Dios es un Dios escondido, ausente. ¿Nos recuerda esto la acusación moderna de un Dios que no se preocupa por su mundo ni por sus criaturas? Probablemente. Pero ese no es el Dios de san Juan de la Cruz. Lo expresa él con estas palabras: «No ha de pensar [el alma] que por eso le falta Dios [es decir, si no lo ve ni lo siente]» (p. 50). Aun así, el verso pide «la presencia y clara visión de su esencia [la esencia de Dios], con que desea [el alma] estar certificada y satisfecha en la gloria» (p. 50).

San Juan cita su fuente, el Cantar de los Cantares (1,6), donde la esposa pregunta al esposo dónde se apacienta y se recuesta al mediodía. Y contesta san Juan que Dios no se apacienta ni recuesta a mediodía más que en su Hijo, en Jesucristo. Pero el escondite de toda la Trinidad es el alma humana. Hay que buscar a Dios en uno mismo: «Por tanto, el alma que por unión de amor le ha de hallar, conviénele salir y esconderse de todas las cosas criadas según la voluntad, y entrarse en sumo recogimiento dentro de sí misma […]. Está, pues, en el alma escondido y allí le ha de buscar el buen contemplativo» (p. 51).

Como el ciervo huiste. Ahora aprendemos que el ciervo es Jesucristo (p. 52).

Habiéndome herido. Son heridas de amor las que causa Jesucristo en el alma. «Inflaman estas tanto la voluntad en afición, que se está el alma abrasando en fuego y llama de amor; tanto, que parece consumirse en aquella llama y la hace salir fuera de sí, y renovar toda y pasar a nueva manera de ser, así como el ave fénix, que se quema y renace de nuevo» (p. 53). Su inspiración es el Salmo 72, 21-22, para llegar a esta apreciación: «El alma por amor se resuelve en nada, nada sabiendo sino solo amor» (p. 53).

Salí tras ti clamando, y eras ido. San Juan de la Cruz nos ilustra con que clamar es pedir medicina para curar el alma (p. 54) y salir equivale a despreciar y aborrecer las cosas, en el sentido de dar la absoluta prioridad a Dios en nuestra vida. «El que está enamorado de Dios vive siempre en esta vida penado, porque él está ya entregado a Dios, esperando la paga en la misma moneda —conviene a saber: de la entrega de la clara presión y visión de Dios […]. Por tanto, el que anda penado por Dios, señal es que se ha dado a Dios y que le ama» (p. 55).

Hasta aquí el ejemplo, que se podría continuar con cada una de las 39 canciones de que consta el Cántico espiritual.

Francisco Rico, el director de la Biblioteca Clásica de la RAE, define una obra clásica como aquella «que sigue estando en las buenas librerías setenta años después de la muerte de su autor. También una que se conoce sin necesidad de haberla leído». Las dos premisas las cumple bastante bien san Juan de la Cruz. Rico mismo es el editor de algunos de los mejores clásicos españoles, entre ellos, Don Quijote.

Hay editores en contra de las notas a pie de página. Rico, Mancho y muchos lectores (entre los que me cuento) piensan que eso es un gran error cuando las notas a pie de página están cuidadas. Una edición de un clásico, para que se goce plenamente, cuanto más ilustrada y explicada esté, mejor. Habrá términos obscuros y usos equívocos, construcciones anticuadas, que si un editor no se empeña en que se aclaren, dificultan mucho la intelección de los clásicos. Hay que agradecer a Rico, y en este caso también a la editora de san Juan, María Jesús Mancho Duque, que pongan en las manos de los lectores en castellano estos trabajos deliciosos de la Biblioteca Clásica de la RAE.

[ad_2]

Source link