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Versos de amor

«Pureza», de Irene Domínguez

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Por JORGE DÍAZ MARTÍNEZ.

Al morder un tomate de verdad, un tomate de los de antes, de los que saben a la infancia, me acordé de este libro titulado Pureza, de Irene Domínguez. El solo hecho que acabo de referir, por más que subjetivo, me valió como indicio irrefutable de su fuerza, de la huella que dejan sus imágenes, y está también el hecho de que fuera accésit del Adonáis en 2022. Así que volví a leerlo este verano: me gustó porque cita a Camarón de la Isla, pero también a Eugenio Montale y porque de pequeño a mí también me marcaron las canciones de Antonio Machado.

El poema «La torre, el caballo y el alfil» se refiere a un grupo de inmigrantes que cada domingo entrena en un gimnasio algún arte marcial dentro de un cuadrilátero. La escritora se suma a su sudor exiliado porque alguien le dijo que allí ella también podría honrar sus apellidos. No sólo este poema, sino todo el libro gira en torno a la cuestión de las raíces, los lazos familiares, los amores cursados y cómo reconocerse en alguna identidad. Para ello, Irene Domínguez toma de leit motiv el término pureza, una cierta y ambivalente pureza. Desde la primera hoja, la pureza se imprime en primer plano y en este poema en concreto adopta la figura de una gota de sangre de inmigrante: «Son tan puros como la sangre que salta en un golpe seco».

Como tantos poemarios primerizos, Pureza está cuajado de trozos de la infancia, explora los lugares comunes de su pérdida y su metamorfosis (que no se detiene nunca) en una sucesión de primeras personas superpuestas. De ahí que se divida en Matrioska I, II, III, IV y V. La voz de Irene Domínguez rompe los estereotipos ―ya cascados― del género social, le gusta jugar al fútbol y el boxeo sin que ello implique merma de su feminidad. Rebosa de amor paterno. Hay tantas cosas implícitas que se dicen como quien no quiere la cosa… como, por ejemplo, el tema del oficio de la literatura como una profesión de incertidumbres, como una artesanía sobre arenas movedizas:

Mi padre fue albañil y mi abuela costurera.
Si hubiese atendido a sus oficios
sabría cómo arreglar mi vida.
Ahora me veo artesana de mí,
tratando de meter todas estas matrioskas en una sola.
Pero mira tú qué desastre.
Dentro de mí sale una,
y otra,
y otra…

Como decía, como tantos «poemarios de construcción», estas páginas abordan el pasaje entre infancia y juventud, la amistad y los juegos ¿inocentes? como pompas de jabón y la amistad y los juegos abiertamente sexuales, pero igualmente efímeros y frágiles como pompas de jabón. La poeta insiste en esa herida, ahonda en los distintos pretéritos cutáneos subrayando la fricción, la rozadura. Compone con la fórmula del lenguaje directo del habla popular ―incluyendo vulgarismos― con técnica filóloga. Su conjunción de verso coloquial y retórica lírica continuamente entrega locuciones de tierna intensidad, aumenta la emoción, la gracia del poema y su teatralidad. Hay patios de recreo, cadenas de bicicleta que se rompen y muchos besos en la frente. Hay incluso un poema que alberga un cuento maravilloso dentro ―de los que le gustaban a Vladimir Propp―, si bien la mayoría incorporan en su propia sintaxis esa magia.

Tu beso en la frente calmó todo movimiento
y me cosió a la vida con la aguja e hilo
que una vez sostuvieron todos los que me amaron.

Retomando el hilo: si asumimos la básica asociación entre infancia y un concepto inasible de pureza ―o de inocencia―, tenemos que su pérdida resulta paradójica, pues, como anuncia la cita que abre el libro: La pureza no se puede perder nunca cuando uno la lleva dentro de verdad. Por eso, viene que ni pintada la imagen de las matrioskas. Como diría Zygmunt Bauman, la protagonista de estas páginas habita una identidad líquida. Porque ¿quién no conserva en su interior una pizca, ni aunque sea un retazo de su infancia?

No me reconocí en las fotos de aquella niña.
Esa mirada guardaba la inocencia
que a mí no me quedaba, esos ojos negros
y esa sonrisa sin dientes que ya no tengo.

En sintonía con lo ya comentado, otro rasgo de carácter de este libro es su combinación de lo que tradicionalmente se ha llamado alta y baja cultura. Por ejemplo, el poema titulado «Kim K. acaba de compartir una publicación» se encabeza con una cita de Britney Spears (You want a piece of me) y otra de Santa Catalina de Siena. El vínculo que las une, el conflicto que encarna este poema no es sino la problemática de saberse sujeta (u objeto) de deseo para una pluralidad en masculino. Y lo hace desde una postura (si cabe, más) abiertamente feminista, en el sentido de que su voz se declara una más de una comunidad o tribu histórica, mientras que en la mayor parte de los poemas prima un prisma personal ―aunque lo personal, ya lo sabemos, sea también (o más) político―.

Vosotros queréis un pedazo de mí,
cuando me veis sola y hecha añicos,
pero yo no soy sólo yo.
Pertenezco a una raza que ya existe,
de muñecas rusas fabricadas por artesanos
que las multiplican con variaciones
(medalla de oro, pecho blanco, mejillas rosas…),
y que todo el mundo desea abrir,
todas con un nombre distinto tallado,
todas con algo familiar en la mirada.
Vosotros queréis un pedazo de mí,
saquear mi cuerpo igual que Borchardt Nefertiti.
Por eso me corté las tetas
y os las ofrecí en una bandeja de plata.
El dolor me convirtió en Catalina.

Tanto esta problemática como este posicionamiento reaparecerán, de nuevo, en lugares tan significativos como el último poema:

A veces incluso piensan
que no queremos ser mujeres
por pura aprobación masculina,
mientras simplemente deseamos
amputarnos de forma leve y sofisticada
para que dejen de mirarnos.

Con todo, el tono general que brilla en estas páginas es la celebración ―aunque sea melancólica― del impulso de la vida, con todo su repertorio de emociones gozosas y dolosas. La poeta acierta a retratar tanto la frescura juvenil: «¿Qué hice anoche? No me acuerdo. Tal vez me besé con todos/ mis amigos en la boca.»; como la crudeza de los rescoldos que se apagan: «Escribo y callo./ Y tú alargas el tiempo entre mis cortas respuestas/ para sentir que hablamos mucho más.». Se me ocurre que si Ricardo Molina hubiera nacido en el 96, tal vez escribiera versos como estos, que rebosan a la vez dulzura y decepción:

Tal vez sí nos conocimos, de otra forma,
cuando tímidamente bajabas la cabeza
y tú tenías novia y yo seguía perdida
entre amantes con novia también.

El pasado es irrecuperable, pero nos acompaña. El penúltimo poema (sin título) empieza con una intertextualidad ―no sé si hace falta decirlo― del famoso versículo de Dámaso Alonso: «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres». En su lugar, Irene Domínguez pone: «Madrid está lleno de señores con barba que miran periódicos». Sin embargo, a lo largo del texto predomina no tanto esa dimensión social ―la presencia de un pasado común que la protagonista desestima y envidia al mismo tiempo―, como el solapamiento de su propio pasado personal: el áspero contraste que ocasionan sus ―relativamente recientes― recuerdos por Madrid frente a la Irene distinta que es ahora. Habiendo tantísimas obras literarias y cinematográficas que reiteran este recurso, su eficacia depende ―como es obvio― de cada ejecución; y en este caso destaca el estilo diarístico de un presente voraz, imperativo:

Hablamos, y veo en su cara
un gesto que ya no conozco
pero unos ojos que me siguen queriendo.
Ya ni siquiera siento rencor de que se fuese con otra.
Hablaría más, pero he quedado
con Guille por la tarde
y voy muy mal de tiempo.

En conclusión, Irene Domínguez tiene eso que los comentaristas deportivos llaman garra. La técnica de su obra, su conciencia literaria, alienta al mismo tiempo una profunda honestidad (ideológica, biográfica y) sentimental, y eso se nota. Así pues, un accésit muy merecido para una autora que ha logrado cuajar un estilo personal, con soltura, coherente y conseguido y, por ende, acorde con su tiempo, es decir, con el espíritu ―el habitus, la sensibilidad― de su generación. Aunque en lugar del accésit, igual hubiera merecido el premio, pero claro. Esperaremos con ganas su siguiente título. Léanla, en serio.

Vamos a comprar casas que no podemos permitirnos,
vamos a pasar la mañana en tiendas de muebles
pensando en comprar estanterías
donde mezclar todos nuestros libros.

PUREZA
Irene Domínguez
Accésit del Premio Adonáis 2022



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Versos de amor

No somos una hermandad. ¿Dónde están las feministas?

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El jueves 28 es el Día de Acción Global por el Acceso al Aborto Legal y Seguro. Ese día habrá movilizaciones en varias ciudades argentinas, convocadas por asambleas de colectivos y organizaciones feministas, políticas y sociales, en defensa del derecho al aborto, la educación sexual integral (ESI), por la separación de las iglesias del Estado, contra las derechas y el ajuste. En la ciudad de Buenos Aires, vamos a marchar de Plaza de Mayo al Congreso.

El feminismo, los derechos de las mujeres y las personas LGBT vuelven a ser parte de las conversaciones, después casi dos años en los que la respuesta a cualquier debate, crítica o reclamo fue la institucionalización de blazers violetas (como resumió en una imagen una tuitera). El pase a segundo plano (y fuera de las calles) del movimiento feminista responde a varios motivos, sobre algunos leíste en estas entregas. Destaco la institucionalización porque fue una política bastante abierta, mediante la invitación a no hacer críticas al oficialismo, guardar la agenda para otro momento o invertir los gestos simbólicos (de aplaudir a funcionarias feministas a justificar funcionarios ¿casi candidatos? rancios en nombre del volumen político y de “entender la coyuntura”).

Las amenazas y ataques de Javier Milei y La Libertad Avanza encendieron las alarmas. ¿El derecho al aborto está en peligro? ¿Va a desaparecer la educación sexual integral? Son solo algunas de las preguntas que aparecieron. Lo que hasta hace un tiempo se consideraba un caso cerrado, y reabrirlo o hacer preguntas era inconveniente frente a los “verdaderos” problemas populares, hoy vuelve a estar en discusión.

Las asambleas mostraron nuevamente la heterogeneidad del movimiento feminista, hay muchas posturas en debate. Volver a la calle distingue este llamado de los planteos que limitan el potencial de la movilización de las mujeres a “bloque electoral”. ¿La movilización feminista puede ser un motor para enfrentar a la derecha? El resultado no está garantizado pero tampoco tenemos que aceptar una derrota de antemano. Espero que seamos muchas ese día, que sea una demostración, un recordatorio y una advertencia de la insistencia en la movilización. Una demostración para quienes esperan las elecciones con escepticismo, un recordatorio para quienes todavía tienen el pañuelo verde en la mochila y una advertencia para el futuro gobierno (sea cual fuere). Pero más allá del número, creo que es un buen síntoma que cuando alguien pregunte “¿dónde están las feministas?”, la respuesta sea “en la calle”.

Europa está perdida

Hace diez años, Kae Tempest se convertía en la primera persona menor de 40 años en ganar el premio Ted Hughes, una especie de Oscar a la poesía en el Reino Unido. Agitó las aguas consagradas con Ancianos relucientes (Brand New Ancients, que tiene una edición argentina de Caleta Olivia, traducida por Tamara Tenenbaum). Es un poema largo, escrito para ser leído en voz alta, que habla de los dioses que están entre nosotros: “Los dioses están en las casas de apuestas /los dioses están en el bar /los dioses están en fumando faso en el fondo /los dioses están en las oficinas /los dioses están en sus escritorios /los dioses están hartos de siempre dar más y recibir menos”.

Habla de la vida en los barrios trabajadores de Londres, del amor, de la violencia, de quemarse el sueldo en vino o mirar la tele “sin saber qué más hay para querer”. Tempest recita para gente que lee a William Blake y W.B. Yates y en un escenario del festival Glastonbury para muchos que nunca leyeron a esos poetas. Ancianos relucientes, como otras obras de Tempest, hablan de la épica de todos los días, de heroísmos chiquitos y barbaries cotidianas.

Otros poemas o piezas de spoken word (literalmente palabra hablada) son abiertamente políticos, testimonio de una generación que no encuentra referentes en la política tradicional pero sigue soñando y sufriendo muy parecido a los mineros de los años ‘80 o las militantes del movimiento de liberación en los años ‘60 del siglo XX. La desigualdad, el consumismo y la crisis ambiental desbordan poemas como “Europe Is Lost” (Europa está perdida). Algunos versos podrían traducirse así (con perdón de los poetas por la torpeza): “Son los grandes negocios, bebé, y su sonrisa es horrenda /Violencia de arriba a abajo, brutalidad estructural /Tus hijos están drogados con sedantes recetados /Pero no te preocupes por eso, preocupate por los terroristas /¡El nivel del agua está subiendo! ¡El nivel del agua está subiendo! /¡Los animales, los elefantes, los osos polares están muriendo! /Basta de llorar, empezá a comprar pero, ¿qué pasa con el derrame de petróleo? /Shh, a nadie le gustan los aguafiestas /Masacres, masacres, zapatos nuevos”.

La isla de enfrente y la otra chica negra

Zona liberada (Suma/Penguin Random House) de Melina Torres es la segunda entrega de la saga de la detective Silvana Aguirre y su fiel compañero Ulises Herrera. La novela está repartida entre Rosario y las islas entrerrianas de enfrente. En esa isla incendiada y colonizada por los excesos humanos (desde las vacas refugiadas por el exilio obligado de la soja hasta los negocios derivados del narco) funcionan los paraísos temporarios a los que cruzan los turistas con sus heladeritas y sus sueños de fin de semana, pero también viven la vida y la muerte, el arte y los negocios. Como siempre en la novela negra, el crimen está ahí para hablar de muchas otras cosas. Por eso a Melina le gusta decir que en el fondo es una historia sobre la amistad, y también es una historia sobre esos lugares y momentos arrinconados por la gentrificación, sobre los amores y los deseos que no pudieron ser o no serán, las cosas verdaderamente importantes, que el Negro pasee y tenga la tele prendida si se queda solo, tener hielo en la conservadora y alguien que te acompañe a comer esa comida que es mala para el colesterol pero buena para todo lo demás.

La otra chica negra (Hulu, acá se ve en Star Plus) es la historia de Nella, la única empleada negra de la editorial Wagner Books. La serie recorre los grados del racismo en el lugar de trabajo, desde la discriminación abierta hasta los comentarios condescendientes, pasando por todos los tipos de corrección política, de esa que brilla mucho y no soluciona nada. Todo cambia cuando llega Hazel, la otra chica negra. Lo que empieza con expectativas de complicidad e ilusiones de sororidad se pone muy raro y termina en una mezcla de comedia y terrorcito sin romper nada. Está llena de referencias a la lucha contra el racismo en el cine y la cultura popular, desde ¡Huye! de Jordan Peele hasta la canción de Nina Simone “To Be Young, Gifted and Black”, en honor a la obra de teatro de la escritora Lorraine Hansberry.

Hablando de Nina Simone, en una escena Nella habla por celular y le dice a alguien que no vemos “prendamos fuego todo”. Me hizo acordar al festival de Harlem en 1969 (desconocido en comparación con Woodstock, realizado el mismo año), en el que Nina Simone cantaba o recitaba o arengaba los versos de un poema de David Nelson del colectivo The Last Poets: “¿Están listos para hacer lo que sea necesario? /¿Están listos para aplastar cosas blancas, para quemar edificios, están listos?”. La época es muy diferente pero el fuego sigue estando, aunque no arda hoy como en ese verano de 1969. Y siguen estando los poetas para volver a darle la razón a Percy Shelley, que en su Defensa de la poesía los nombró legisladores no reconocidos del mundo.

Este texto fue publicado en el newsletter No somos una hermandad. Podés suscribirte a este y otros newsletters de La Izquierda Diario y El Círculo Rojo.






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Versos de amor

Un tiempo de memoria (al alba del 27-S de 1975)

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A quién le viene hoy a la mente, por recuerdo, por trasmisión de memoria o por lecturas históricas, la fecha del 27 de septiembre de 1975, cuando un régimen dictatorial que no dudaba en utilizar el terrorismo de Estado tampoco aflojaba al fusilar a cinco hombres acusados de terrorismo contra el Estado?

Hubo de ser angustioso aquel septiembre de noticias sobre juicios sumarios y sumarísimos. ¿La posibilidad de la pena de muerte era creíble? Incluso para quienes vivían en aquella dictadura, que por lo demás tenía un nutrido arsenal represivo (militar, policial, judicial y penitenciario), la pena de muerte ya sonaba estridente en España. Lejos quedaba el elevadísimo número de penas de muerte de la posguerra. Los años 50 fueron los de la ‘normalización’ histórica de las cifras de la pena capital, minorizadas desde principios del siglo XX hasta su abolición durante la Segunda República; eso sí, antes de su hipertrofia y agigantamiento con las dinámicas represivas de la Guerra Civil.

En la década de 1960 el régimen continuaría usando la pena de muerte de manera puntual, normalmente para amedrentar a la oposición antifranquista (el comunista Grimau, los anarquistas Granado y Delgado…). Después, en el proceso de Burgos de 1970 contra miembros de ETA, la protesta y la presión internacional doblegaron la voluntad del caudillo. Sin embargo, tras el atentado contra Carrero Blanco, su naturaleza inflexible volvió a mostrarse el 2 de marzo de 1974, con el agarrotamiento de Puig Antich (y junto a él, a modo de conllevancia punitiva, el de Georg Michael Wezel, quien, como ejemplo de la politización judicial del franquismo, se identificó erróneamente como Heinz Ches, lo que demuestra la investigación de Raul Riebenbauer).

En 1975 la pena de muerte era lamentablemente muy creíble. Por eso corría raro el mes de septiembre de 1975, cuando, a Luis Eduardo Aute, que trabajaba en la composición de una canción de amor, se le fueron apareciendo sobre el papel metáforas de muerte. No eran las imágenes de una muerte cualquiera. En las anotaciones del poeta se estaban abrazando las musas del buen amor y las de la mala muerte. Imposible saber cómo se fueron transformando las palabras y los versos. «Los hijos que no tuvimos…». Pero sí sabemos que el cantautor, hacia mediados de septiembre, cuando los procesos sumarios se hicieron sumarísimos, ya no escuchaba la voz aislada y dulce de las musas. «Pólvora de madrugada…». Luis Eduardo Aute, como muchos, se conmovía con las noticias de los consejos de guerra, mientras crecía una gigantesca ola de protesta mundial.

En septiembre del 75, de la inspiración de un poeta y cantautor genial nació ‘Al alba’, envuelta de una atmósfera política afligida y alterada. El título, que parecía no decir nada, lo explicaba todo. Siempre será una bella canción de amor. Pero, si no olvidamos la intrahistoria de nuestras emociones más tristes, esas que provocan hasta congoja, ‘Al alba’ también quedará como un sentido alegato contra la pena de muerte, afirmándonos con ella contra las que fueron últimas penas de muerte de la historia de España: «No fue la canción que quería hacer -declaró Aute mucho después-, pero vino cuando ella quiso. Es lo que suele suceder cuando una canción necesita existir».

Sabemos por Pierre Nora que un espacio cualquiera, un objeto, una institución, pero también un acontecimiento, son «lugares de memoria» si escapan del olvido y construyen recuerdo social (o ‘memoria colectiva’, o ‘memoria histórica’, ustedes dirán). Un hecho histórico conflictivo es también un tiempo de memoria. Su recuerdo abre la puerta de las emociones que llegan del pasado, con todas las banderas, las lágrimas y el rebufo de los vientos de división. Pero obviarlas para no ahondar en lo que nos traumatizó de manera colectiva es despreciar lo mejor que pueden traernos las ’emociones históricas’: conocimiento y sensibilidad. Emocionarse investigando el pasado otorga capacidad de reacción frente al fragor inmediato de esas otras emociones odiosas del presente que se alimentan de nostalgias imposibles de compartir.

El franquismo y su legado ‘memoricida’, la represión y la censura, las torturas y las penas de muerte, no se pueden compartir. Quienes lo reivindican nos espantan, no por lo equivocado de su añoranza, sino por lo incivilizado de lo que proyectan. No en vano son los mismos que nos quieren hacer comulgar con las ruedas de un control policial y un código penal ultrarreaccionarios. Por eso en septiembre de 2023 deberíamos recordar septiembre de 1975, un tiempo de memoria que se hace inteligible como ‘lugar’ al que acudir emocionados y con los ojos abiertos, a ver qué nos dice y qué nos enseña.



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Versos de amor

Sabina y el milagro de estar vivo y resucitar para cantarlo

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Seamos tópicos: no han sido 19 días y 500 noches sino algo más, casi seis años de nada (sólo tres, si contamos su último mano a mano con Serrat), lo que ha necesitado Joaquín Sabina para volver a llevar su equilibrismo de taburete y barra fija, todo canallismo ilustrado y sal y tequila para las heridas, a lo más alto de la montaña de Montjuïc. Poca cosa para cualquier mortal pero toda una vida para él que, en todo este tiempo, ha caído y se ha vuelto a levantar; ha batallado con afonías épicas e inoportunos bloqueos; y hasta ha visto cómo se retiraba su más fiel compinche, el de los dedos entrelazados en la camilla cuando viajó del Wizink al hospital.

Así que ahí está, recién salido casi del arroyo, de la chapa y pintura post-trompazo 2020, exprimiendo su particularismo ‘memento mori’ y ganándole una nueva mano a la parca con las mismas cartas de siempre. «Sé que respiro porque sigue huyendo», escupen los altavoces antes incluso de que se apaguen las luces del Palau Sant Jordi y aparezca en el escenario. Maravilla. El prólogo perfecto para una noche de supervivencias y supervivientes. Nostalgia y melancolía. Sabina, contra todo pronóstico, siendo más Sabina que nunca.

Primer concierto de dos (el viernes repite con el Barça-Sevilla contraprogramando a pocos metros; todo un test de estrés para la movilidad de la zona), entradas agotadas, y cálida ovación en cuanto el bombín blanco asoma por el lateral del escenario. «Uno lleva casi un año dando tumbos por el mundo con este concierto y con muchas ganas de volver a Barcelona, a este lugar del que tengo recuerdos imborrables», dirá justo después de arrancarse muy de dentro un «bona a nit a tothom!» que suena a caverna y a granito. A entraña y emoción. O, como dice él mismo, a andar celebrando el milagro de estar vivo en ‘su’ Palau Sant Jordi mientras acuna los versos de ‘Sintiéndolo mucho’, ‘Lo niego todo’ y ‘Mentiras piadosas’. Material más o menos reciente para empezar a hacer memoria y desenredar la madeja de la nostalgia intentando no hacerse un lío.

Amigos caídos

«Cuando uno va cumpliendo años, lo peor que pasa es que van desapareciendo los amigos», dice. Y se acuerda de Javier Krahe. Y de Luis Eduardo Aute. Y de Pablo Milanés Y, cómo no, de su primo Serrat, que por ahí anda pero que se retiró «nadie sabe porqué». Es el pórtico de ‘Por el bulevar de los sueños rotos’, himno de karaoke y estadio que sirve para celebrar «la fantástica vida» de Chavela Vargas y darle un revolcón a ‘Llueve sobre mojado’. Sin Fito Páez pero con la banda gustándose y Sabina encadenando recuerdos y brincando de la Mandrágora a Edimburgo. Ah, la vida. Es la excusa para bromear por millonésima vez sobre su voz, ahumada y lijada y salpicada de guijarros, y, acto seguido, esfumarse para ceder el protagonismo vocal de ‘Yo quiero ser un chica Almodóvar’ y ‘La canción más hermosa del mundo’ a María Barrios y Antonio García de Diego.

‘Tan joven y tan viejo’, con la garganta al límite pero sin peligro de colisión, pone al público en pie. Clímax nostálgico. Desborde sentimental «Así­ que, de momento, nada de adiós muchachos», canta. «Me duermo en los entierros de mi generación; cada noche me invento, todaví­a me emborracho», recita con orgullo de tahur en excedencia.

Bajan las revoluciones, se dispara el ‘sabinómetro’. Canciones de amor salpicadas de rotos y desgarros. Voz quebradiza y mirada acuosa en ‘A la orilla de la chimenea’. ‘Una canción para la Magdalena’ de piano mínimo. El Sant Jordi, coreando al unísono aquello de «la más puta de todas las señoras». Territorio Sabina, el milagro de los panes y los peces en versión rimas y versos. Otra resurrección, una más, tras la que, ahora sí, se intuye el aroma de la despedida. O tal vez no. Porque llega ’19 días y 500 noches’ y de nuevo jaleo en la pista. Y en las gradas. Sabina no se levanta del taburete, pero hace como que baila. Y con eso basta.

Para el final, los ases y las cartas marcadas: ‘Peces de ciudad’, ‘Y sin embargo’ y ‘Princesa’ en versión acorazada. «¡Rock and roll!», grita alguien sobre el escenario. Sota, caballo y rey. Y en los bises, el balanceo de brazos, el acunarse en la memoria colectiva de ‘Contigo’ y de esa ‘Noches de boda’ fundida con la proverbial ‘Y nos dieron las diez’. Infalible. «Si lo que quieres es cumplir cien años, no vivas como vivo yo», canta, guasón, para cerrar la noche con ‘Pastillas para no soñar’. Y el milagro, en efecto, es que ahí sigue. Viviendo para contarlo. Y, sobre todo, para cantarlo.



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