Olvido García Valdés: la atención, la paciencia y la violencia


Por Olvido García Valdés

Pertenezco a una tradición prodigiosamente rica y extensa y, sin embargo, mi sensación es la de haber trabajado siempre sola. Esto, que suena pretencioso, si no soberbio además de imposible, es en cambio literal. Se trató siempre de una “pesca” subterránea, de conectar con un temple de ánimo propio y esencial, que me permitía hablar de lo que me era íntimamente indispensable. Mis poemas suelen ser fragmentarios y se hacen de sueños, de animales y árboles, del campo y las pequeñas cosas del mundo, de palabras oídas por azar, de instantes; se hacen de cosas que a veces, después, cuando leo ese texto en un libro, me asustan.

Recuerdo que la primera vez que me invitaron a leer en Estados Unidos –era en Nueva York muy poco después de caer las torres gemelas– leí poemas de ella, los pájaros, un libro escrito a principios de los años 90 y que tiene que ver con el tiempo último de mi madre, y recuerdo que me parecía chocante estar allí leyendo aquellos versos, y, a la vez, necesario. Que alguien viaje lejos para leer unas palabras que en el fondo escribió para hablar solo consigo mismo, consigo misma. Y es quizá por esa cualidad intrínsecamente solitaria –trabajar con palabras para llegar a saber de lo más propio–, por lo que la poesía es compartida. Así lo sentimos como lectores.

Solo por algún tipo de intensificación de la percepción llega la vida al poema, y naturalmente esa intensificación se refiere también a la lengua; la vida pasa al poema en la lengua, que toma, por así decir, la forma –sonoridades, conexiones y desconexiones, sintaxis– de la vida. El poema va hasta donde puede, y hay ahí plenitud. Y al mismo tiempo fracasa, vuelve al punto de partida, al vacío y ser nada que ha de volver a visitar. Se trata de una escucha que no cesa, o parece que no cesa.

Escribir poemas ha sido, para mí, el trabajo de la vida. Lo digo retrospectivamente. Hace treinta años no habría sabido decirlo así, y, sin embargo, ya era así. No me refiero a una dedicación literaria. Todo lo contrario. Una profesión que he amado, la de profesora de Instituto –como solíamos decir–, me permitió tener con la escritura un vínculo de absoluta libertad. A lo que aludo es a que la vida, si merece la pena de ser vivida, acaba siendo un trabajo que uno hace sobre sí mismo, y escribir poesía es una de las formas que puede tomar ese trabajo.

Cuando se tiene mi edad, se ve qué ha tenido importancia y qué no, qué lugar han ocupado las cosas. Siempre he pensado que la poesía no es cultura, no es literatura, no es comunicación… Lo que no niega su eficacia transmisora. Una poética de la inmediatez y de lo libre –ese sería el deseo del poema, poder establecer un contacto de ese orden. Para ello, sin embargo, paradójicamente, el poema no trabaja con la espontaneidad, con la inocencia del mero traslado, sino con un medio tan complejo como la lengua, y con una serie de operaciones en ella de enorme elaboración, aunque a menudo no sepamos muy bien las leyes que las rigen. Lo informal también pertenece a la forma; “cuando se toca fondo, aparece la forma”, decía Arnaldo Calveyra. Se trata de encontrar una lengua que no mienta como suele (en la política, en los medios de comunicación, en las redes sociales…), de encontrar un inestable punto de fijeza o de verdad.

Se ha dicho que la poesía es crítica de la lengua y crítica de la vida; ambas son inseparables y ese trabajo, el modo en que se manifiesta es su peculiar forma de resistencia. Hace muchos años, en 2006, cuando se publicó mi libro Y todos estábamos vivos, me preguntaron tres cualidades necesarias para ser poeta y dije: la atención, la paciencia (cité un verso de Cernuda, “la hermosura es paciencia”) y la violencia. Podría mantener hoy esa respuesta; la tensión, la violencia son la respuesta de la lengua a lo inasimilable de la vida, son la respuesta del poema a lo inasimilable de la vida.

Y el malestar. A menudo tengo la impresión de que es el malestar un modo de estar inherente a las mujeres, algo que integra nuestro modo de conocer. Se trata de una inconformidad, cierta inestable posición respecto a la cultura patriarcal que nos ha marcado.

En lo que escribo aparecen todas estas tensiones: poemas de máxima apertura vital, al lado de poemas en los que se baja hasta un límite de desaparición: la contigüidad de estados, la investigación de esos estados. En mis últimos libros, lo animal ha ido cobrando cada vez mayor presencia. He titulado, por ejemplo, una antología que apareció en 2020 dentro del animal la voz, y, antes, mi penúltimo libro, publicado en 2012, Lo solo del animal. No se trata de un asunto temático. En ningún momento me he planteado escribir sobre animales. La mía no es tampoco una mirada ecológica, aunque eso se refleje, ni de complacencia naïve en una supuesta pureza natural. No. Simplemente me parece que el animal es el que viene como es. Y hay algo que lo une al poeta, la vulnerabilidad, algo de la intemperie y la precariedad existencial.

Tres poemas

Los días tres celebran la venida

del uno al otro y del quedarse, son

comienzo de meses y de años, mecanismo

que anuncia memorias que vendrán.

Si no es feliz la vida, sí es entera

y verdadera y se conocen y aman

como son, y la desdicha y la luz y

el amor son una sola cosa y el viento

en los árboles y el cuidar, saber

del otro que ya llega.

(Del libro confía en la gracia, 2020)

***

si me dejaras ir contigo en la noche,

en la hora parda del metro, antes

de amanecer, si pudiera acoger,

contemplar todo hueso tu rostro,

el gesto

de fiera que piensa y vive sola, si no

se removieran airadas las palabras,

si no sintiera el viento que azota los

árboles arriba; qué hice que no

recuerdo, qué hicieron, dónde

ocurre la vida y es libre y no benigna, dónde con su herida

lo solo del animal

(Del libro Y todos estábamos vivos, 2006)

***

Verde. Las hojas de geranio en la luz gris de la tormenta tiemblan, tensión de nervadura verde oscuro.

Te mirabas las manos, nervadura de venas; si los dedos fueran deliciosos, decías.

Al caminar apoyaba mi sien contra la tuya y en la noche escuchaba el ruiseñor y el graznido del pavo. Indiferencia de todo, oscuridad.

Me llamabas con voz muy baja.

Solo un día reíste.

(Del libro ella, los pájaros, 1994)



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