Monseñor Asenjo: «La belleza artística tiene más fuerza de transformación que la metafísica y la ética»


El arzobispo emérito de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo Pelegrina, ha ingresado este martes como académico de honor numerario de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría en un acto que ha contado con numerosos representantes de instituciones políticas, sociales, culturales y religiosas de la ciudad.

Antes de que este comenzara su discurso, el presidente de la academia, Juan Miguel González Gómez, le ha dedicado unas cariñosas palabras. Aparte de recordar el extenso currículum de Asenjo, en el que destacan cargos muy vinculados al patrimonio religioso, como cuando fue director del Archivo Histórico Diocesano, también ha reflexionado sobre cuando el arzobispo emérito tomó posesión, el 18 de mayo de 2010, como académico de honor de la corporación. Su discurso versó entonces sobre el pasado, presente y futuro del patrimonio de la Iglesia. «Tiene méritos más que suficientes por su formación humanística y por la defensa del patrimonio artístico de Sevilla para figurar como académico de honor numerario de esta casa».

A continuación ha intervenido el gran protagonista de la noche, cuyo texto de ingreso se ha titulado ‘La via pulchritudinis’, en referencia directa a la carta que el Papa Juan Pablo II dedicó a los artistas en abril de 1999, en la que hablaba de la misión evangelizadora que tienen los numerosos tesoros artísticos que custodia la Iglesia. También ha manejado pasajes del libro ‘Gloria. Una estética teológica’, del teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, aparte de distintos discursos y cartas apostólicas del recientemente desaparecido Benedicto XVI, en especial de ‘El espíritu de la liturgia’.

Debido a su imposibilidad de leer, su texto ha sido declamado por el secretario canciller de la Archidiócesis de Sevilla, Isacio Siguero, aunque monseñor Asenjo ha ido realizando algunas intervenciones orales a lo largo del acto para poner ejemplos prácticos de lo que se exponía. La idea principal del arzobispo emérito es que «el patrimonio cultural de la Iglesia nace con una finalidad doxológica en alabanza y santificación de Dios. Todos los bienes culturales que posee la Iglesia cantan las alabanzas de Dios. Los retablos, imágenes, iconos, pinturas, la platería, etc. están al servicio de este fin, que es la adoración del Señor presente en la Eucaristía».

Asimismo, Asenjo ha subrayado la idea de que «Dios merece siempre lo mejor» y ha incidido en que «el alma de nuestras catedrales no termina en su condición de yunques y de corazón de las ciudades, sino sobre todo en la gloria del splendor Dei». A continuación, ha aludido al fenómeno conocido como ‘la devoción de las carrertas’, «que tuvo un auge extraordinario durante la construcción de la fachada principal de la catedral de Chartres en los comienzos del siglo XIII y que se extendió por toda Francia. En un clima penitencial, de fervor religioso, de cantos y rezos, hombres, mujeres y niños de humilde condición se aliaron con personajes de la nobleza y de la burguesía emergente para sustituir a los bueyes que tiraban de los carros que transportaban los materiales de construcción».

Según ha comentado el recientemente ingresado como académico de honor numerario de Santa Isabel de Hungría, «la Iglesia ha buscado siempre la via pulchritudinis, tal y como Juan Pablo II escribió a los artistas en su carta. Para el cardenal Ratzinger, la verdadera apología del cristianismo la constituyen los santos y la belleza que la fe ha generado». Por su parte, el Papa Francisco «ve en la belleza un elemento insustituible para la evengelización de nuestro tiempo. La belleza tiene más fuerza de transformación que la metafísica y la ética, y posee además el poder de dignificar la vida de las personas».

En es sentido, Asenjo Pelegrina ha dicho que «los bienes culturales de la Iglesia surgieron con una finalidad catequética, tal y como vemos en los frescos de las iglesias mozárabes o en las pinturas de las iglesias románicas. Todos esos bienes han sido una escala de Jacob, porque ha llevado a los hombres al encuentro con Dios». A este respecto, el académico ha asegurado que «las vidrieras de las catedrales góticas han sido el evangelio de los iletrados, de los sencillos, como dijo el Papa Gregorio. Una cosa es idolatrar una pintura y otra es servirse de la pintura para ver a quién se idolatra». Igualmente ha citado a San Agustín, «que comprendió que la belleza despierta la nostalgia de lo infinitamente bello. El arte cristiano ha sido siempre la biblia en piedra, tela, metal y crital».

Llegados a ese punto, monseñor Asenjo ha intervenido personalmente para destacar casos de importantes personalidades que se han convertido al cristianismo tras su encuentro con la belleza artística. Ese fue el caso del diplomático y poeta francés Paul Claudel, autor del libro ‘La Anunciación a María’. «En la Navidad de 1886, Claudel entró en la catedral de Notre Dame de París con la aviesa intención de criticar a la Iglesia. Ese día regresó por la tarde y se quedó impresionado por los cánticos gregorianos de un coro de niños. Se puso de rodillas y dijo que el Señor le había salido a un encuentro».

Otro caso que ha dado a conocer ha sido el de André Frossard, periodista y escritor que fue hijo de uno de los fundadores del partido comunista francés. «Educado en el ateísmo, una tarde de 1935 entró en una pequeña iglesia del Barrio Latino. Lo que sintió ahí tocó su corazón, se puso de rodillas y sintió la alegría del náufrafo salvado a tiempo. Esto es lo que experimentan las personas que se encuentran con la belleza».

«Estoy convencido de que para muchas personas que no tienen otra conexión con la Iglesia, sus bienes culturales pueden ser un lazarillo para el encuentro con Dios»

También ha relatado el caso del catedrático español Manuel García Morente, que era republicano y ateo. En 1937 se exilió a París huyendo de la Guerra Civil española. «Allí se entera de que uno de sus yernos fue fusilado. En una pensión oye por una pequeña radio el oratorio de Berlioz ‘La infancia de Cristo’. Esa música penetró en su corazón, le reblandeció y se puso de rodillas, reconciliándose con Dios. Aunque no lo rezaba desde hacía unos cincuenta años, trata de reconstruir el Padre nuestro y también el Ave María. Al día siguiente fue a una iglesia, se compró un devocionario, una ‘Vida de Cristo’ y un Nuevo Testamento, llegando a ordenarse sacerdote».

Ha concluido estos casos de conversos gracias a la belleza del patrimonio artístico de la Iglesia con el ejemplo de Jean-Marie Lustiger, de origen judío y nacido con el nombre de Aarón. Su familia era de origen polaco que había emigrado a Francia. Durante la ocupación nazi del país galo, sus padres fueron deportados y su madre murió en las cámaras de gas de Auschwitz en 1943. «Lustiger tuvo un momento de conversión al ser sorprendido un Jueves Santo en la catedral de Orleans por la procesión del Santísimo. Al día siguente vuelve para celebrar la liturgia del Viernes Santo. Esa misma mañana se bautiza, ordenándose posteriormente sacerdote y llegando a ser obispo de Orleans y cardenal de París».

Ha finalizado Juan José Asenjo advirtiendo del problema de «una secularización de la sociedad que se impermeabiliza contra lo religioso. Una obra de arte no puede entenderse sin apelar a la fe con que se creó. La secularización suele ver los intereses estéticos y culturales y sus bienes potenciados por los fines turísticos y económicos». En ese sentido ha criticado también que «algunas instituciones están explotando el lado cultural y turístico de las catedrales. Eso degrada y envilece estos templos, cuya finalidad es la gloria de Dios. Estoy convencido de que para muchas personas que no tienen otra conexión con la Iglesia, sus bienes culturales pueden ser un lazarillo para el encuentro con Dios. Benedicto XVI dijo que sin Cristo no hay luz, ni esperanza, ni vida, ni futuro. Él es la respuesta a todas las preguntas de los hombres y las mujeres», ha concluido.



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