Margarita Borrero Blanco, ganadora del XI Premio Nacional de Cuento La Cueva: “Mi principal afición es leer”


La escritora colombiana María Margarita Borrero Blanco, ganadora del XI Premio Nacional de Cuento La Cueva. (Cortesía).
La escritora colombiana María Margarita Borrero Blanco, ganadora del XI Premio Nacional de Cuento La Cueva. (Cortesía).

“Empecé a escribir hace tanto, que ya no recuerdo el momento”, dice, y prefiere hablar de sus libros amados. Los primeros, los más importantes, quizá, fueron regalos de su madre: Los 2500 mejores versos de la lengua castellana” y Mujercitas”, de Louisa May Alcott.

Después vinieron las revistas de Kalimán, las novelas de Gabriel García Márquez, los autores del Boom, Mario Mendoza, que además fue su maestro, igual que Diana Uribe. “Fue tan buena maestra que hasta el sol de hoy me acuerdo de sus lecciones sobre Platón y Aristóteles”, señala.

María Margarita Borrero Blanco es una escritora y periodista colombiana, nacida en Barranquilla en 1969. Durante varios años residió en España, en donde se doctoró en Literatura Europea por la Universidad Autónoma de Madrid. Estudió Comunicación Social y Periodismo en la Pontificia Universidad Javeriana y ha publicado varios relatos en revistas y suplementos, entre los que destacan ‘Átropos’, de 2006, ‘La buena mujer’, que le permitió ser finalista del premio NH Mario Vargas Llosa, y ‘El cuadro de Van Gogh’, de 2009, que le alcanzó para obtener el segundo puesto en el premio XXIII Premio Max Aub.

Es autora de la novela “El ataúd más hermoso del mundo”, publicada en España por la editorial Renacimiento y con la que consiguió destacarse en el III Premio Rincón de la Victoria, en 2006. La historia gira en torno a un hombre autoritario y enigmático que llega a un pueblo remoto del Caribe colombiano a vender el ataúd más hermoso del mundo. Los desahuciados que viven allí, y los que tienen un ser querido en estado terminal, intentan hacerse con el féretro, pero el vendedor no tiene prisa por cerrar el negocio y su actitud termina por enardecer los ánimos.

Dos días bastan para convertir una población tranquila en un escenario de intensas luchas donde el poder y el amor alternan su protagonismo. Según reza la contraportada del libro, cada personaje que se relaciona con el ataúd tiene algo que esconder. Magda, la mujer del alcalde Íñigo Sánchez, cultiva marihuana en su jardín para aliviar su cáncer terminal; Teresa, la esposa del coronel Aníbal Upegui, domina y retiene a su marido mediante la brujería; el delegado del Gobernador, que llega de visita al tiempo que el forastero, afirma que el ataúd lleva consigo una maldición, y Martina, una sensual lectora de las cartas del Tarot, ve en las tiradas de sus cartas la sombra de la tragedia que se cierne sobre el pueblo. Junto a ellos desfilan personajes secundarios, algunos hermosos y otros terribles, que actúan movidos por la bondad, el deseo o la ambición.

Portada del libro "El ataúd más hermoso del mundo", de Margarita Borrero Blanco. (Editorial Renacimiento).
Portada del libro “El ataúd más hermoso del mundo”, de Margarita Borrero Blanco. (Editorial Renacimiento).

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Recientemente, Borrero fue galardonada con el primer puesto del XI Premio Nacional de Cuento La Cueva, por su texto ‘Álbum familiar’, elegido por un jurado integrado por las escritoras Margarita García Robayo y Fernanda Trías, y el escritor Alejandro Zambra, entre más de 1.819 relatos.

La barranquillera se quedó, además, con el estímulo económico de $20.000.000 de pesos colombianos y, junto a los 25 nombres finalistas, integrará la próxima edición de la antología resultante del premio.

Su cuento, ‘Álbum familiar’, en palabras de Claudia Lama, devuelve a los lectores a la época de las cámaras análogas, “cuando no sabíamos con exactitud qué quedaría registrado al presionar el obturador (…). Con una prosa sugerente y una gran capacidad para sostener la tensión dramática (…), este relato nos revela poco a poco la imagen de una familia de clase media en la Colombia urbana de las últimas décadas del siglo XX”.

Las páginas que componen este cuento se quedarán dando vueltas en la cabeza de más de un lector y, a la espera de que la gente pueda conocerlo, en Infobae Leamos conversamos con la autora respecto a su recorrido y el proceso de escritura de este texto. Nos atendió, en medio de la emoción del galardón.

— ¿Cuál es el germen de este cuento?

— Mis padres se divorciaron cuando yo tenía doce años y mi madre se llevó los álbumes de la familia. Ella murió en marzo del año pasado y cuando tomé posesión de los álbumes, me di cuenta de que no había ninguna foto de todos juntos. Ni una. Las fotos son el último lugar donde los vivos y los muertos aún comparten un espacio, así sea el de una imagen. Yo no tengo eso. Me hizo reflexionar sobre el paso del tiempo y el proceso de desintegración de familias como la mía, que a la vez ocurre dentro de un marco más amplio, el de la violencia del país.

— ¿Este texto hace parte de algo más grande o no? Porque diera la sensación…

— Me gusta mucho trabajar el relato, pero ‘Álbum familiar’ lo escribí específicamente para este certamen. La muerte de mi madre era reciente y tenía una idea de lo que quería contar en torno a lo que mencioné de las fotos familiares. Necesitaba hacer catarsis. Trabajé en esta historia obsesivamente durante semanas hasta el día antes del cierre de la convocatoria.

— Y terminó ganando.

— ¡Imagínate! La parranda ha sido pa`amanecer. Al que se duerma, lo motilamos.

“Álbum familiar” fue el texto galardonado con el primer puesto del XI Premio Nacional de Cuento La Cueva.

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— ¿A alguien debe esta pulsión de querer contarlo todo con palabras escritas?

— Mi padre era un gran lector, siempre tenía un libro o una revista en la mano y se dormía leyendo. A mi madre le gustaba contar historias de su vida y con frecuencia las modificaba según la audiencia, así que tenía múltiples versiones de un mismo hecho. Sin embargo, nadie más en mi familia escribe. Debo ser un glitch.

— ¿Cómo le gusta leer?

— De todas las maneras posibles. Mi preferida es el libro impreso, pero también leo en formato digital porque es muy práctico. Por otra parte, soy una gran aficionada a los audiolibros y a los podcasts.

— ¿Cuáles son, entonces, esas lecturas atesoradas?

— Recuerdo los dos primeros libros que consideré de mi propiedad, ambos regalos de mi madre: Los 2500 mejores versos de la lengua castellana” y Mujercitas”. Los releí muchas veces porque eran los únicos que tenía. También era fanática de las revistas de Kalimán, que leía en vacaciones en Santa Marta, en casa de mis primos.

Cuando Gabriel García Márquez ganó el premio Nobel de literatura, yo tenía unos trece años y en el colegio nos pusieron a leer Cien años de soledad”. Lo leí fascinada, creyéndomelo todo. Me parecía perfectamente normal que las alfombras volaran en un circo, porque los circos son lugares mágicos, y que una madre siguiera el rastro de la sangre de su hijo asesinado, porque las mamás son adivinas y prodigiosas. Pero cuando llegué a la escena de Remedios la bella elevándose con el mejor juego de sábanas de Fernanda del Carpio, pensé que el autor era un embustero y se estaba burlando de mí. Sin embargo, no dejaba de devorar aquellas páginas. También recuerdo mi asombro al llegar a las escenas eróticas, como la de Rebeca y José Arcadio, que, además, tenían un cierto carácter incestuoso. Era increíble que en el colegio nos obligaran a leer lo que en casa nos hubieran prohibido mirar en la tele. Gabo me deslumbró desde la primera vez y siempre que vuelvo a él renueva mi asombro. He leído sus libros tantas veces que a algunos de ellos se les han desprendido las páginas y se me caen de las manos. Son libros amados y felices. Gabo fue el autor que me hizo sentir que me gustaría dedicarme a lo que él llamó el oficio más hermoso del mundo.

Autora de la novela "El ataúd más hermoso del mundo", Margarita Borrero Blanco se alzó con la undécima edición del Premio Nacional de Cuento La Cueva. (Cortesía).
Autora de la novela “El ataúd más hermoso del mundo”, Margarita Borrero Blanco se alzó con la undécima edición del Premio Nacional de Cuento La Cueva. (Cortesía).

— Y, ¿cómo empieza a escribir?

— Cuando era niña tenía muy buena memoria para la poesía y me gustaba escribir versos. De hecho, todavía puedo recitar algunos poemas de Rafael Pombo. Me atraía el reto de rimar palabras porque la búsqueda de la rima me llevaba a formar oraciones curiosas. Empecé a escribir hace tanto, que ya no recuerdo el momento. Es como si siempre lo hubiera hecho.

— ¿De repente alguien muy importante en el camino?

Mario Mendoza una y mil veces. Fue mi profesor en la Universidad Javeriana a principios de los noventa. Dictaba literatura, que era una de las opcionales en la carrera de periodismo. Sus clases eran las únicas que se llenaban incluso con alumnos que no eran de la carrera. En cuanto comenzaba a hablar, se hacía tal silencio que ni los mosquitos zumbaban. Hoy en día Mario llena salas multitudinarias y sus seguidores salen como hipnotizados de aquellas charlas. En los noventa, mis compañeros de carrera y yo tuvimos el privilegio de tenerlo en un salón solo para veinte o treinta personas. El embrujo era tan absoluto que salíamos del salón deseando hablar eternamente de libros y más libros, de mudarnos a vivir a una biblioteca. En aquel entonces, Mario apenas estaba comenzando a publicar, pero ya tenía esa potencia que lo caracteriza, esa pasión. Me bastó una clase para identificarme con él, para entender que lo que yo quería en realidad era esa vida apasionada, esa que se vive cuando todos los días haces lo que amas. Me enseñó, sobre todo, la ética del trabajo, la disciplina, la persistencia, la terquedad que se necesita para mantener el timón de la vida en dirección a la literatura.

He sido extraordinariamente afortunada con mis maestros. Diana Uribe, que hoy es la historiadora más famosa de América Latina, fue mi profesora de filosofía en bachillerato y, además, compartíamos la misma ruta porque éramos vecinas. Me encantaba sentarme en el bus a charlar con ella. Fue tan buena maestra que hasta el sol de hoy me acuerdo de sus lecciones sobre Platón y Aristóteles. En la universidad también tomé clases con Enrique Serrano y Pedro Badrán.

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— ¿Qué significa escribir para usted? Y ya sé que es una pregunta cliché.

— Escribir significa estar viva muchas veces; mi vida presente y las múltiples vidas que vivo en mi imaginación y cuando escribo.

— ¿Qué hizo mientras anduvo viva en España?

— Cuando me mudé a España en 2003, lo primero que hice fue inscribirme en clases de escritura creativa. Mi profesora, y hoy colega, Magdalena Tirado, me enseñó relato durante un año entero. Me di cuenta de que todo lo que yo había aprendido de periodismo era apenas una base para la narrativa. Había que mirar de otro modo, pensar de otra manera. También los tiempos eran distintos, pues en prensa inviertes un par de horas en un artículo, pero no más porque hay que sacar el periódico a tiempo. En cambio, un relato no está listo hasta que no ha tocado una fibra en ti, que siempre eres tu primer lector. Hay que revisarlo al menos cinco veces antes de que esté mínimamente bien. Mi promedio es de dieciocho antes de imprimir y luego otras quince o veinte en papel. Lo que me recuerda una frase de Gabo que decía que el principal problema de los escritores era el papel porque él, para escribir un relato de doce cuartillas, llegaba a gastar hasta quinientas hojas. Eran otros tiempos, claro; él escribía a máquina y bastaba un error para tener que tirar la página entera.

De vuelta a mi vida en España, comencé a escribir relato y a participar en certámenes. Fue muy frustrante al comienzo porque sentí que no daba con el truco, hasta que entendí que el único truco era una frase de Beckett: inténtalo otra vez, fracasa otra vez, fracasa mejor. Me matriculé en el doctorado de literatura al tiempo que seguía escribiendo. Después de obtener algunos premios en relato, un día se me alargó uno de ellos, tanto que me di cuenta de que era una novela. Corta, pero novela. El ataúd más hermoso del mundo”. Está recreada en el Caribe colombiano. Tiene vallenatos, plantaciones clandestinas de marihuana y un alcalde corrupto. La idea está inspirada en un relato brevísimo de García Márquez llamado ‘La muerte en Samarra’. Escribo siempre.

— Y cuando no está escribiendo, ¿qué hace?

— Mi principal afición es leer. También veo muchas películas y series porque estoy obsesionada con las historias y esa es otra buena fuente. Paso tiempo con mi familia y mis seres queridos. Me pego horas a hablar con mis amigas. Doy largas caminatas con mi perra. Adoro viajar. Colecciono piedras y ángeles. Practico yoga acrobático y, de hecho, acabo de obtener mi certificado como instructora. Por fuera es una vida tranquila. La mayor parte de la acción transcurre dentro de mi cabeza.

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