Héctor Abad Faciolince: “Los escándalos sexuales de la Iglesia son consecuencia del celibato”


Siempre a vueltas con la memoria y la ficción, Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) regresa con una novela inspirada en un personaje real, su paisano Luis Alberto Álvarez Córdoba, un sacerdote sin sotana que se convirtió en uno de los principales críticos de cine de América Latina. Lo apodaban El Gordo —medía 1,88 metros y llegó a pesar casi 120 kilos— y solo un trasplante de corazón pudo haberlo salvado de la muerte cuando le diagnosticaron un problema cardiaco. En 1996 se traslada, por recomendación de los médicos, a una casa con dos mujeres y tres niños.

Teresa, la propietaria, acaba de separarse de Joaquín, que la abandona por una mujer mucho más joven, mientras que Darlis, la sirvienta, hace masajes al “cura epicúreo”, tal y como lo denominan sus enemigos de la comunidad religiosa. “Aparte de la falla cardiaca”, dice el autor, a Córdoba “le ha faltado utilizar el corazón en un sentido más simbólico, pues no ha podido ser padre ni se ha podido enamorar de nadie”. Y añade: “la mayor carencia de los curas ni siquiera es el sexo, sino el hecho de no haber podido formar una familia”.

Por otro lado, “esperaba a que alguien muriera para salvarlo a él”, se dice al comienzo de la novela. Y a partir de este interesante conflicto moral, Abad Faciolince indaga en todas las controversias que acompañan a la religión católica. El que fuera hijo del doctor Héctor Abad Gómez, asesinado en 1987 por los paramilitares colombianos cuando se postulaba a la alcaldía de Medellín, siempre se preocupó de los asuntos familiares. Su exitosa novela El olvido que seremos, adaptada al cine el año pasado por Fernando Trueba, es un homenaje a su padre. Salvo mi corazón, todo está bien (Alfaguara), su nueva novela, está dedicada a su madre.

La paternidad, la familia, el arte, el amor y el cuerpo “separado o no del espíritu”, según matiza el propio autor, convergen en esta poderosa obra donde la condición humana colisiona con los designios de la comunidad católica. Abad Faciolince parte de una realidad, la vida del cura al que tuvo la oportunidad de conocer hasta que enferma, pero despliega todas sus virtudes novelísticas en su nueva obra. Por ejemplo, “Aurelio es un personaje inventado”, cuenta, aunque construido a partir del testimonio de varios sacerdotes.

“Algunos de ellos reconocieron ser homosexuales”, continúa. Y es que “para muchos jóvenes entrar en una comunidad religiosa era una manera de no someterse al rechazo familiar, a la crítica social. Muchos de los que se refugiaron en el prestigio del sacerdocio y prometieron ser castos no lo pudieron cumplir”, recuerda. Con todo, se equivocarán quienes piensen que únicamente van a encontrar motivos religiosos en la nueva novela del autor. La cultura está muy presente, los debates en torno a la creación, las pulsiones humanas más primarias… Una novela total. De todo ello nos habla en esta entrevista.

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Pregunta. ¿Por qué decide rescatar la historia del cura y de qué modo se le reveló como una novela?

Respuesta. Era un entusiasta del cine y la transmisión de la cultura. La semilla de esta novela es su enfermedad del corazón y se ve impelido a recibir un trasplante. Después de 35 años en una comunidad católica, se traslada a una casa con dos mujeres y tres niñas. Cuando se cierra la puerta, empieza esta novela. Deja de ser el personaje real porque yo no sé qué ocurre en esa casa. Pero había algo importante en el hecho de que un cura asuma el papel de padre en una familia donde el marido acaba de abandonarles. Pero este no es el camino trillado de todos los libros recientes, donde si aparece un cura, siempre es un pederasta, un pervertido. Yo sé que él era otro tipo de persona.

P. En cambio, su historia le sirve para poner sobre la mesa todas las polémicas que rodean a la iglesia católica. Me imagino que los dilemas morales son un buen motor para llevar a cabo un texto de ficción.

R. Claro, pero no quería centrarme solo en eso. A mí me interesa más la bondad que la maldad, me parece mucho más misteriosa. Por supuesto, cuando aparece la jerarquía eclesiástica —en particular, un arzobispo de Medellín que le jodía la vida a muchos curas buenos de mi ciudad— se revela esa faceta más dañina y perversa. A mí, sin embargo, me interesaba más la situación dolorosa de una ciudad (Medellín, que a finales de los 70 estaba sumida en la violencia generada por el narcotráfico) en la que aparece un tipo que influyó benéficamente sobre la gente que conoció: directores de cine, músicos, violinistas, flautistas… Todos ellos lo recuerdan con amor.

“La mayor carencia de los curas ni siquiera es el sexo, sino el hecho de no haber podido formar una familia”

P. Desde la Constitución de 1991, Colombia deja de ser un estado confesional católico, ¿pero de qué modo se vive allí el sentimiento religioso?

R. Cuando vas a las iglesias, cada vez hay más viejitos. Yo diría que es una institución que está en una crisis grave y se está disolviendo, aunque sigue siendo muy rica. Los curas o monjas vienen de África, están en decadencia. Por ello escribo una novela con cierta simpatía. Todo lo que se disuelve me produce nostalgia o, incluso, compasión.

P. El matrimonio es otro de los temas principales de esta novela. Esto sí que es recurrente en la narrativa universal. ¿Quizá la visión de un cura le ofrecía una perspectiva más original?

R. Poner un cura a discutir eso es manifestar la polémica que existe dentro de la iglesia. La institución católica no siempre les prohibió a los sacerdotes tener pareja. En la iglesia primitiva y en la oriental los curas se casaban, y los rabinos aún se casan. Debería haber una discusión sobre la obligatoriedad del celibato. Desde luego, una de las consecuencias del celibato obligatorio han sido los escándalos sexuales. Son gente ansiosa por tener el mínimo contacto corporal con alguien y a veces se van a por los más frágiles, los niños, que no van a protestar, no van a gritar, no van a entender… Es espantoso, pero es la consecuencia de una imposición despiadada.

P. Además de los instintos sexuales, esta vez desde un lado mucho más amable (la sensación desconocida de entrar en contacto físico con una mujer se aborda desde la ternura), la enfermedad completa el lado físico de esta obra. ¿Cómo ha conjugado estos elementos, en clave narrativa?

R. La doctrina tradicional de la iglesia ha sido siempre muy dualista, es decir, ha separado al ser humano en cuerpo y alma. Este cura no es dualista, sino que cree que cuerpo y alma son la misma cosa. No es platónico; es partidario de la escuela de Spinoza, para el cual el pensamiento es algo que se genera materialmente dentro del cuerpo. En definitiva, el cura quiere armonizar cuerpo y alma, por eso disfruta de lo que los sentidos le ofrecen: la belleza del cine con los ojos, la música con los oídos, la comida con el gusto… Y se ha prohibido disfrutar del impulso sexual, pero al llegar a esa casa descubre que el cuerpo se manifiesta con el sentido del tacto. En los masajes que recibe de la sirvienta Darlis, de la misma manera que Jesús los recibió de María Magdalena, comprende que aquello es algo que no se puede rechazar y es muy cruel prohibirlo. Eso pone en crisis toda su vida y no sabe, si es que finalmente sobrevive, qué hará con su corazón cuando se lo trasplanten. Tal vez, piensa, lo utilizará simbólicamente para algo más.

“La Iglesia está en decadencia y todo lo que se disuelve me produce nostalgia o, incluso, compasión”

P. Son múltiples las referencias a obras artísticas y creadores, tanto clásicos como contemporáneos. ¿Le interesaba que la obra tuviera estos aportes culturalistas o es simplemente que había que ajustarse a la condición del cura como aficionado y crítico?

R. No pretenden ser un adorno ni un lucimiento, sino que, como dices, están en la vida del protagonista. Al mismo tiempo, venían a cuento porque él pensaba, como yo, que la cultura es fundamental para salvarnos. Nosotros lo vimos en la pandemia y él presta a sus amigos esos recursos culturales para que la experiencia de vivir sea mucho más intensa.

P. A propósito, también hay alguna alusión a la crítica cultural. Voy a permitirme utilizar una pregunta que siempre repetimos en “La penúltima” de El Cultural, teniendo en cuenta que esta vez está justificado. ¿Le importa la crítica? ¿Le sirve para algo?

R. Claro que sirve. Yo empecé escribiendo reseñas y a veces pude haber sido muy despiadado. Lo que pasa es que cuando uno ha pasado dos o tres años metido en un libro, queda con la piel muy frágil. Y cuando te atacan brutalmente, duele. Las críticas que pretenden dañarte psicológicamente para que no vuelvas a escribir no hay que leerlas. Pero hay críticos que no van con un puñal ni te atacan por lo que no hay, sino por lo que hay. Esa crítica es muy valiosa. Luis Córdoba fue un crítico duro e irónico, pero también trató de incursionar en la creación e hizo un mediometraje y un corto de ficción. Con este último pudo comprobar las dificultades económicas, la diferencia entre la película que has soñado y la que has podido hacer con los recursos materiales y humanos con los que cuentas. Se volvió, entonces, un crítico mucho más benévolo (risas).

“Las críticas que pretenden dañarte psicológicamente para que no vuelvas a escribir no hay que leerlas”

P. El pretexto de una película de Fassbinder le sirve para referenciar en la novela el debate en torno al cine comercial y el cine de culto. ¿Usted tiene su opinión?

R. Algunos cineastas como Jonás Trueba están intentando hacer cine con menos recursos para que una película de una hora y media no les cueste 5 millones de euros, que no los vas a conseguir nunca porque el cine comercial no te lo va a financiar. Si el cine se vuelve algo que solo se puede hacer con producciones gigantescas, los únicos que van a poder hacer cine son los grandes vendedores. Me parece muy oportuna esa defensa por hacer otro tipo de cine.

P. Esta novela está dedicada a su madre. ¿Es porque se trata de su obra más familiar?

R. La dedicatoria responde a dos motivos: en primer lugar, mi madre era huérfana de padre y fue criada por dos tíos, curas, que eran como sus figuras paternas; por otro lado, ella era muy creyente y sufría mucho conmigo, que no lo era. Así que quise hacerle un homenaje con esta novela sobre curas como a ella le gustaban: curas buenos, que no daban sermones y ayudaron en una sociedad muy dura a que la gente fuera más feliz.

“No puedo despreciar a la familia ni creer que sea siempre una fuente de desgracias”

P. ¿No tiene la sensación de que el concepto de familia ha dado un paso adelante en las ficciones, al menos, en español? No solo Sara Mesa, que ha titulado así, literalmente, su última novela y, por cierto, ha escogido un enfoque mucho más negativo que el de Salvo mi corazón, todo está bien.

R. Sé que muchos autores tienen una visión repulsiva de la familia. Es verdad que la familia puede ser un sitio donde te destrozan, pero también creo que cada uno habla de la fiesta según como le va en ella. Yo tuve la suerte de crecer en una familia con muchas hermanas, que son un tesoro en mi vida y son las voces que a mí me inspiran las historias. Así que no puedo despreciar a la familia ni creer que sea siempre una fuente de desgracias. A partir de la ausencia de paternidad en una sociedad como la colombiana, donde ese problema es gravísimo —el 40% de las familias colombianas son mujeres solas con hijos porque los padres son eyaculadores que les abandonan— y ha producido daños nefastos en el país, lo que planteo es el respeto hacia familias distintas de las tradicionales, patriarcales, que son las que a menudo reciben esas críticas.

P. ¿Cómo están las cosas por Colombia? Usted ya ha registrado en su obra elementos como la violencia, tantísimas veces tratada en la literatura latinoamericana.

R. Mejoró con el Tratado de Paz, pero las cifras de violencia no descienden tanto ahora como antes. El nuevo gobierno de izquierdas, que lleva apenas dos meses, aún no se puede juzgar. Hay que dejarles hacer. Veremos…

P. Hace ya más de una década que publicó un libro de poemas, Testamento involuntario (2011). ¿Sigue escribiendo poesía? ¿Ha pensado en volver a publicar?

R. La poesía es una cosa muy rara. No se escribe, sino que te ocurre. Por eso los poetas tienen fama de vagos, porque tienen que esperar. No se escribe, como la novela, desde la disciplina, sino que los poemas llegan. A mí me ocurrían poemas, pero hace años que no se me ocurre ninguno. Hace años que no me soplan nada las musas de la poesía. Lástima, porque es el género que yo más quiero.



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