Eva Santolaria: “Tengo la sensación de que la industria me ve como una descerebrada”


El papel de Valle, en ‘Compañeros, le dio tal nivel de fama que acabó por desconfiar de todo. Después, desapareció… Y ahora ha vuelto.

Valle y Quimi se reencuentran 25 años después. Los protagonistas de la historia de amor-desamor juvenil que marcó a una generación en Compañeros volverán a coincidir en Citas Barcelona, la serie que Amazon Prime estrenará en junio. Pero no son ellos, los personajes ficticios que el público adora, sino sus actores, las personas reales a las que su viejo éxito nunca abandona del todo. Para bien o para mal. Eva Santolaria (Barcelona, 1975) charla sentada en la silla de gamer de su hijo adolescente. Lo acepte o no la nostalgia, el tiempo pasa.

Eva Santolaria. GORKA LOAIZA

¿Qué ha sucedido aquí?
La vida. Ha sucedido la vida. Obviamente, lo que más me ha marcado en estos 25 años ha sido mi familia, mis dos hijos, pero también han ocurrido muchas otras cosas, algunas públicas y otras no tanto, que hacen que me sienta más madura, más mujer, otra persona muy distinta a Valle.

¿Es imposible huir de un pasado así? ¿Lo has pretendido?
No quiero huir de ello, al menos ya no. Hubo un momento, cuando estaba en pleno meollo del fenómeno fan, que pensaba, deseaba, poder dedicarme a esto, pero sin tener esa popularidad desmedida que afecta a tu vida personal y privada inevitablemente. Las 24 horas del día sentía que era ese personaje y que la gente me quería mucho, pero no tenía claro si me querían realmente a mí o a Valle. Ahí si quería reivindicarme, gritar que yo no soy Valle. Para empezar porque ni era ni soy tan guay como ella. Nos cogió todo tan jóvenes…
Una edad en la que ser guay importaba mucho.
Claro, entonces la competencia entre mi vida real y la de mi personaje era complicada, el listón estaba muy alto. Yo ni tenía esa pandilla ni molaba tanto ni luchábamos contra la mafia y salíamos victoriosos. Mi vida personal no era lo que se veía en las pantallas. Fui una niña y una adolescente feliz, pero nada que ver con lo que la gente pensaba. Entonces, en aquel momento te cierras un poco, te metes en una burbuja y secretamente sueñas con escapar de ese boom de fama y vivir una cosa mucho más equilibrada donde la gente se acerque a ti porque le gusta tu trabajo y te admira como actriz, no sólo por el personaje que creen que tú eres. Se creó una confusión entre persona y personaje difícil de llevar.
Se explotó bastante ese rol de ‘la novia perfecta’.
¿Sabes cuál creo que fue la clave de Compañeros? Que no éramos especialmente guapos. Se hizo un casting de chavales normales, parecidos a los alumnos que podías encontrar en tu clase. Era una serie que demostraba que muchas veces ser el guapo o la guapa no es necesariamente por un rasgo físico, que el atractivo viene del carácter, de la cabeza, de la rebeldía… La gente se identificó con nosotros porque no éramos inalcanzables. En mi carrera ni he fomentado ni se me han dado personajes de la típica mujer cañón. A ver, soy así, delgaducha, poca cosa, sin curvas… Una cosa muy de andar por casa [risas]. Me gustaría pensar que ahora puedo ser la mujer madura normal e identificable para la gente igual que fui la compañera de instituto normal. Alguien con quien identificarse, no esa mujer inalcanzable donde los signos del tiempo no son visibles. Nunca me ha interesado ser eso. El tiempo pasa y pasa para todos, no creo que haya que esconderlo.
Fama, veinteañeros… Dame carnaza.
Poca te puedo dar, no se nos fue la pinza. Entendíamos lo que nos estaba ocurriendo de una manera bastante parecida e hicimos mucha piña. Mi recuerdo de aquella época son muchas horas trabajando y, al acabar, hacíamos fiestas en casa o íbamos al típico bar que tú nunca entrarías porque está vacío. Lo recuerdo como una época maravillosa. A mí lo que me costó fue pasar a ser el centro de atención. Me daba mucha vergüenza y mucho pudor. No había sido nunca la chica popular en mi colegio y cuando salía con mis amigas a una discoteca no se me acercaba el chico guapo, era la amiga que se quedaba con el amigo del guapo esperando a ver qué tal [risas]. Cuando, de repente, el chico guapo de la discoteca venía a por mí… Lo llevé bastante mal.
¿Desconfiabas de todo el mundo?
De los nuevos. Empecé a tener muchos más amigos y todo el mundo era simpatiquísimo contigo, pero yo sabía que mi timidez me hace ser un poco borde, me cuesta abrirme y no me había dado tiempo a cambiar tanto como para tener tantos amigos. Me salían exnovios por todos lados que yo ni conocía. Eso lo llevé mal, hubo unos años en los que me costó mucho abrirme y confiar en que una persona se acercara a mí por quien era yo de verdad, con mis 50.000 defectos, y no por lo que veían en la pantalla. Me costó dejar de estar a la defensiva.
¿Cómo ha sido el reencuentro profesional con Antonio Hortelano [Quimi]?
Maravilloso. Es muy fuerte porque en 25 años no hemos vuelto a coincidir trabajando y de repente… Toda la complicidad, todo el entendimiento y todas las risas seguían ahí. Hay gente, poca, con la que trabajas y dices: “Puf, ya está”. Y con Toni siempre ha sido así. Aunque estamos un poco cagados por las expectativas de mucha gente, porque al final los personajes no son Quimi y Valle… Pero ha sido una experiencia maravillosa, como si el viernes se hubiera rodado el último plano de Compañeros y el lunes siguiente, el primero de Citas.
Estás en pleno regreso al primer plano, con esta serie y preparando la segunda temporada de Todos mienten, donde también eres guionista, pero estuviste muchos años casi desaparecida.
Es complicado porque no es algo que decidiera yo, no es que yo dijera: “Ahora voy a tener un perfil más bajo y trabajar menos durante unos años”. Lo cierto es que pequé de ingenua en un periodo de mi vida: tomé una serie de decisiones e igual se me fue un poco de las manos. Pensé que no pasaría nada, que con el éxito de Compañeros y Siete Vidas ya estaba establecida y podía permitirme cosas que, en realidad, no podía. Ahora, con la perspectiva del tiempo, te diría que igual me pasé. Ahí desaparecí.
¿A qué decisiones te refieres?
Evidentemente la maternidad influyó, pero no fue lo único. A la vez, me mudé a Barcelona. Yo vivía en Madrid, donde sigo teniendo casa, pero como los dos somos de Barcelona y aquí teníamos a nuestras familias, para nosotros era más fácil a nivel de conciliación establecer aquí el campamento base. Eso se notó mucho, porque cuando vives en Madrid, que es donde se cuece casi todo, tu presencia es constante, la gente siempre te tiene en mente porque, simplemente, vas al teatro, al cine o a cenar y siempre te acabas encontrando con un montón de gente. Siempre estás y, a la hora de hacer un casting, apareces en el imaginario de la persona que tiene que decir: “Ostras, Eva cuadraría”. Pero si tú desapareces porque cambias de ciudad, poco a poco se te olvida. Y de remate en esa misma época tuve la genial idea de estar dos años y pico sin representante, así que ni me veían ni nadie les recordaba que existía. Todas las decisiones que he tomado a nivel profesional han sido meditadas, no soy impulsiva… pero a veces me equivoco.
¿Cómo reaccionaste?
Opté por hacer obras de teatro y tuve la suerte de hacer una gira maravillosa con Carmen Machí en la función Auto, que es una de las cosas que repetiría una y mil veces, pero evidentemente salí del foco mediático porque no aparecía en pantalla. Se sumaron muchas cosas que hacen que desparezcas del imaginario y luego no es tan fácil volver como crees. Cuando ya has trabajado mucho, conoces a un montón de gente y el público te quiere, te confías, piensas que ya estás ahí fija, pero el olvido es rápido.
¿Cuánto te dolió ese olvido?
Lo llevé bien porque no fui muy consciente mientras sucedía. A nivel personal estaba muy concentrada en la maternidad y, aunque te das cuenta de que el nivel de trabajo no es el mismo que antes, iba haciendo cosas y pensaba que no era para tanto. No fui muy consciente de que en realidad había desaparecido. Entonces un director me llamó para su película y, comiendo un día, me dijo: “Fíjate que pensaba que nos ibas a decir que no porque te habías retirado por la fama y todo eso, para dedicarte a la familia”. Y yo: “¿Retirar? ¿Qué dices, si soy súper joven? No entiendo”. Me quedé rallada. Esa noche fui al teatro a ver a Miguel Rellán [su profesor en Compañeros] y se lo comenté cuando volvíamos en metro. Y me dijo: “Pues un poco sí que es lo que pensamos todos, yo mismo ahora no puedo evitar pensar qué ha sido de tu vida”. Ahí me di cuenta: “Ostras, he desaparecido de verdad”. Ahí tomé conciencia y me di cuenta de que necesitaba cambiar y volver.
Es más fácil decirlo que hacerlo
Como todo me fue tan bien tan rápido, di demasiadas cosas por hechas y eso llevó al olvido. Ahora soy consciente de lo difícil que es tener todo eso y creo que mi regreso es un trabajo que todavía no he acabado. Además el panorama ha cambiado mucho respecto a cuando hicimos Compañeros o Siete Vidas, porque ahora puedes hacer un trabajo que más o menos vaya bien y, aún así, el impacto social que tiene no es muy grande y sigue pareciendo que no has hecho nada. Antes, eran millones de espectadores los que te veían, ahora son miles. Antes no podías andar dos metros sin que te parasen y ahora entras en la cafetería y no te dicen nada. Entonces cuesta aún más que la gente sepa que estás activa.
¿Cómo te ve la industria?
Tengo la sensación de que me ve como una descerebrada. No, en serio, ¡no me dan papeles de madre! Pero, a ver, que tengo dos hijos y te juro que están mentalmente súper sanos. Creo [risas]. Es curioso porque van pasando los años y nada. Empezaré un día a hacer de abuela y no habré pasado por madre. Quizá es porque siempre he aparentado ser más joven de lo que soy y mi físico acaba pasando factura porque no entro dentro de los parámetros que establece la industria como mujer cañón súper mega sexy ni, tampoco, dentro de los de la madre. Cuesta ubicarse. Estoy mayor para ser la treintañera guapa y parezco demasiado joven para ser la madre, lo que es absurdo y una visión absolutamente machista. A veces tengo la sensación de que las madres y las mujeres profesionales con cargos de responsabilidad, sea una jueza, una política o una cirujana, tienen que aparentar una amargura total para que nos tomen en serio.
Tener pinta de señora.
Exacto. Pinta de señora con mala leche y un poco amargada, porque como sonrías y se te ocurra decir que a ti también te gusta beberte unos chupitos con las amigas de vez en cuando, ya eres lo peor, no puedes ser madre, no puedes ser jueza y no puedes ser cirujana. Hay que cambiar esta idea porque así no son las mujeres que me rodean, que son personas absolutamente capaces, en puestos de responsabilidad, con su familia y sus hijos y a las que les encanta divertirse. ¡Sólo faltaba!

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