Escribían novelas románticas juntos, se pelearon y un contrato hizo que terminaran enamorados

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Una pareja de escritores cuyo romance en la vida real inspiró su más reciente libro, "Amor entre páginas". (V&R)
Una pareja de escritores cuyo romance en la vida real inspiró su más reciente libro, “Amor entre páginas”. (V&R)

Amor entre páginas cuenta la historia de Katrina Freeling y Nathan van Huysen, un dúo de escritores que, años atrás, se transformaron en una sensación dentro del mundo literario. Se conocieron en la universidad y, desde entonces, fueron inseparables. Cada libro que escribían se convertía automáticamente en un bestseller. Sin embargo, al poco tiempo de publicar su novela más vendida, algo inesperado ocurrió. Sin dar explicaciones, decidieron seguir por caminos separados.

Desde ese entonces, Nathan y Katrina no volvieron a verse. Por su parte, Katrina no volvió a escribir y ni siquiera pudo volver a entrar a una librería porque teme que la reconozcan. Mientras que Nathan sí publicó otros textos, aunque sin tanto éxito. Empezó a escribir columnas en un reconocido diario y continuó en el foco público. Pero sus fanáticos, que no son pocos, no saben realmente qué pasó entre ellos. ¿Por qué, a pesar del éxito masivo, ya no escriben juntos?

Aunque juraron no volver a hablarse, en un contrato que firmaron 3 años atrás con su editorial se comprometieron a escribir una última novela. Así, sin otra opción -y para alegría de todos esos fanáticos alrededor del mundo que ansían otra colaboración entre ambos- escribir esa nueva novela parece ser su única salida. ¿Qué sentimientos aflorarán ahora que, después de rencores, odios y decepciones, se vean obligados a compartir tanto tiempo juntos?

En Amor entre páginas, editado por V&R, los escritores estadounidenses Emily Wibberley y Austin Siegmund Broka -que, como Katrina y Nathan, son pareja en la vida real y escriben exitosos libros a cuatro manos- narran con tensión, vértigo y poesía una historia en la que el amor, como los libros, no siempre se escribe bien en el primer intento.

"Amor entre páginas", de Emily Wibberley y Austin Siegemund-Broka, editado por V&R.
“Amor entre páginas”, de Emily Wibberley y Austin Siegemund-Broka, editado por V&R.

La librería no se parece en nada a lo que recuerdo. La han remodelado, la pintura blanca cubre los ladrillos expuestos, hay estanterías de madera gris clara donde antes solía haber estantes metálicos y, en lugar de libros usados, sobre la mesa principal hay unas velas encantadoras y unas bolsas de tela de Jane Austen.

No debería sorprenderme el cambio. Hace tres años que ya no compro libros en persona, ni siquiera en la librería Prólogos, adonde solo he ido una vez a pesar de que está a quince minutos de casa, en el parque Hancock, en Los Ángeles. No me gusta que me reconozcan. Pero amo los libros. Comprarlos por internet ha sido una tortura.

Al entrar, miro a la librera. Apenas tiene veintitantos. No es mucho más joven que yo. Lleva el pelo recogido en un moño despeinado, el piercing de la nariz refleja las luces del techo. No la conozco. Cuando me sonríe desde la caja, creo que estoy a salvo.

Le devuelvo la sonrisa y paso por delante de la estantería de best sellers. El libro Solo una vez está justo en el centro. Identifico de inmediato la tapa azul con tipografía blanca. Lo ignoro mientras avanzo por la tienda.

Hace meses que mi terapeuta me viene insistiendo en que haga esta visita. Terapia de exposición para volver a sentirme cómoda en lugares que antes me encantaban. Cuando me detengo en la sección de ficción, recobro la compostura al recordar que lo estoy haciendo bien. Estoy tranquila. Soy solo yo, buscando algo para leer, sin pesadas expectativas sobre los hombros ni estrés que me martillee el pecho.

Las tapas pasan a toda velocidad, esperando que las escoja. Siento el aroma a páginas frescas. Ya conocía bien las librerías independientes de Los Ángeles cuando Chris propuso que nos mudáramos aquí desde Nueva York por el trabajo que le ofrecieron en el departamento de Escritura de una de las agencias literarias más grandes de Hollywood. Cada librería es diferente y excéntrica, íconos de la alfabetización indignados en una ciudad donde dicen que nadie lee.

Por esa razón he odiado evitarlas. Los últimos tres años han sido un catálogo de cambios. Me he enfrentado a realidades que ya no sabía si quería y a la vida que decidí que no quería. He tenido que recordar las alegrías silenciosas de mi existencia cotidiana y, al hacerlo, he tenido que olvidar. Olvidar cómo mis sueños me golpearon con un impacto devastador, olvidar lo horrible que me sentí cuando por fin me acerqué a lo que siempre había querido. Olvidar Florida.

Emily Wibberley y Austin Siegemund-Brokaon son una pareja de escritores estadounidenses qeue se conocieron y enamoraron cuando iban a la escuela secundaria. (V&R)
Emily Wibberley y Austin Siegemund-Brokaon son una pareja de escritores estadounidenses qeue se conocieron y enamoraron cuando iban a la escuela secundaria. (V&R)

Ahora todo es diferente. Pero hago de cuenta que no lo es. La librería es parte de la farsa. Cuando vivía sola en Nueva York, antes de conocer a Chris, solía pasear por las librerías independientes de Greenpoint durante el verano, con la tira sudada del bolso sobre el hombro, e imaginaba las historias que escondían esos lomos, me preguntaba si me darían inspiración, ese combustible para el fuego creativo que nunca podía apagar. Leer no era solo disfrutar. Era estudiar. Ahora no estudio, pero sigo disfrutándolo. Supongo que es una parte esencial de mí. Los libros forman parte de quién soy: sin importar cuánto cambie, ellos permanecen iguales, siempre revelarán mi esencia. Y fueron ellos quienes me trajeron a esta librería, deseando encontrar algo para leer antes de que Chris volviera a casa.

–¿Puedo ayudarte en algo?

Oigo la voz de la librera a mis espaldas. Por instinto, me tensiono. Me volteo, vacilante. Mientras me observa con calidez, espero el momento que he temido desde que decidí que necesitaba algo para leer justo esta noche. ¿Por qué simplemente no podía esperar a que me llegara por correo?

El momento tan temido no llega. La expresión de la librera no cambia.

–Eh –digo, insegura–. No sé. Solo estoy mirando.

La chica sonríe.

–¿Te gusta la ficción? –pregunta con entusiasmo–. ¿O prefieres algún subgénero?

Me relajo. El alivio llega al instante. Esto es genial. No, es maravilloso. No tiene ni idea de quién soy. En general, las personas no suelen reaccionar de un modo exagerado al ver famosos en Los Ángeles, donde es posible encontrar a Chrissy Teigen en Whole Foods o ver a Seth Rogen haciendo fila para comprar helado. No es que yo sea famosa. Las librerías son el único sitio donde existe la posibilidad de que me hagan preguntas entrometidas o de encontrarme con fans demasiado entusiastas. Si esta chica no me conoce, acabo de encontrar mi nuevo lugar favorito. Empiezo a imaginarme mi noche en detalle: acurrucada con mi nueva compra en el sofá, con los dedos de los pies sobre nuestra alfombra de piel blanca, controlando a James Joyce para que no lo ensucie todo con té verde y acariciándolo hasta que ronronee.

–Sí, me gusta la ficción en general. Sobre todo la contemporánea –digo entusiasmada. Ya tengo ganas de contarle a Chris que he ido a Prólogos y nadie sabía quién era. Es probable que eso le moleste, pero no me importa. Me pondré a leer mientras él descarga su frustración en la bicicleta estática.

–Tengo el libro ideal para ti –dice la librera. Sin lugar a duda le encanta haber encontrado a un cliente que acepta recomendaciones.

Cuando se aleja, los nervios me vuelven a atacar y se me ocurre una horrible idea: ¿y si vuelve decidida a persuadirme para que lea el libro que ha escogido, y trae Solo una vez? No sé qué le diría. Los pocos segundos que tengo no me alcanzan ni para pensar un primer borrador de cómo huir de la conversación.

Pero pasa algo aún peor.

–¿Qué tal este? –La vendedora me entrega un libro con tapa dura–. Salió la semana pasada. Me lo he leído en dos días.

Debajo del título, que consta de una sola palabra, Refracción, sobre una fotografía lúgubre en blanco y negro leo el nombre del autor: Nathan van Huysen. Miro hacia el exhibidor de cartón del que ha tomado el libro, y no sé cómo no lo vi antes. Está justo en la entrada y contiene varias filas de ejemplares a la espera de clientes, lo cual me indica dos cosas: costos de publicación elevados y pocas ventas.

Ver ese nombre me impacta, como cada vez que lo veo, ya sea en las reseñas de The New York Times o en las entrevistas que intento (sin demasiado éxito) mantener lejos de mi historial de navegación. Deseo que esas quince letras no significaran nada para mí, que no estuvieran enredadas con mi vida de maneras que nunca seré capaz de desenredar.

"Always never yours", de Emily Wibberley y Austin Siegmund Broka, libro que todavía no fue traducido al español.
“Always never yours”, de Emily Wibberley y Austin Siegmund Broka, libro que todavía no fue traducido al español.

Y bajo ese deseo, se encuentran sentimientos más complicados, más ásperos. Resentimiento, incluso odio. No hay arrepentimiento, excepto el de haber asistido al taller para escritores donde conocí a Nathan van Huysen.

Acababa de graduarme de la universidad y había conseguido un trabajo en una editorial. Solo servía café, hacía fotocopias y sentía que mi vida aún no había empezado. Había disfrutado de la universidad, de la adrenalina que sentía al aprender cualquier cosa que me generara interés genuino, el tema daba igual: las estructuras de los hongos, la economía conductual, las prácticas funerarias del mundo grecorromano. Sabía que no sería quien quería ser hasta que escribiera y publicara. Después decidí mudarme al norte del estado, donde conocí a Nathan, y él me conoció a mí.

Yo me estaba yendo de la cena de bienvenida, me abroché el abrigo porque hacía frío y lo vi esperándome. Nos habíamos conocido ese mismo día, y se le iluminaron los ojos al verme salir del restaurante. Hablamos con mayor profundidad. Me contó que estaba comprometido (yo ni si quiera se lo había preguntado). Yo estaba soltera, aunque eso no era algo que soliera divulgar. No pasó nada entre nosotros. Mientras caminábamos por el puente que cruza el río Susquehanna, intercambiamos nuestros versos de poesía favoritos, leyéndolos en el móvil. Nos hicimos amigos. ¿De qué nos sirvió?

Cuando tomo el ejemplar de Refracción, la librera susurra con tono conspirativo:

–No es tan bueno como Solo una vez, pero me encanta la prosa de Nathan van Huysen.

Me quedo callada, no quiero decir en voz alta que su prosa fue lo primero que me llamó la atención de él. Incluso con veintidós años, su forma de escribir fusionaba a la perfección sus influencias y su estilo propio, como si cada taller de escritura al que había asistido (y habían sido muchos) fluyera de la punta de sus dedos. Me hacía sentir algo que a quienes escribimos nos encanta sentir: inspiración y celos. Ante mi silencio, la expresión de la librera cambia:

–Espera –continúa–. Has leído Solo una vez, ¿no?

–Mmm… –vacilo, porque no sé cómo responder. ¿Por qué me resulta más fácil crear conversaciones en las páginas?

–Si no lo has hecho… –Empieza a caminar hacia la estantería de best sellers para buscar un libro de tapa blanda. Sé lo que ocurrirá cuando vea la contratapa. Debajo de la larga y vergonzosa lista de reseñas maravillosas, verá la fotografía de los autores. Los ojos azules de Nathan, su pelo negro rizado, el hoyuelo que solo exhibe en las fotografías promocionales y ruedas de prensa; y, a su lado, la coautora, Katrina Freeling: una mujer joven, con los hombros rectos, facciones suaves y esas cejas gruesas que tanto adora. Maquillada por un profesional, el pelo castaño oscuro peinado y tirante que no se parece en nada a como lo tiene cuando sale de la ducha o lee en el jardín los días calurosos de verano. Las diferencias no importarán. La librera reconocerá a la mujer que tiene delante.

Por fin recupero la capacidad de hablar.

–No, ya lo he leído –logro decir.

–Por supuesto. Todo el mundo lo ha leído. Bueno, Refracción es uno de los libros que Nathan van Huysen escribió solo. Como ya he dicho, es bueno, pero me gustaría que volviera a escribir con Katrina Freeling. Aunque he escuchado que hace años que no se hablan. Freeling ni siquiera escribe ya.

♦ Son una pareja de escritores estadounidenses.

♦ Se conocieron y enamoraron cuando iban a la escuela secundaria.

♦ Austin se licenció en Harvard y Emily en Princeton.

♦ Hace ya algunos años que escriben juntos novelas juveniles y recientemente, se adentraron en el mundo del romance contemporáneo con mucho éxito.



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