Cuando el loco con un arma parece una persona normal: diez grandes frases del último libro de Paul Auster


Flores en la entrada del Star Ballroom después de un tiroteo masivo en Monterey Park, California, este 24 de enero. (REUTERS/David Swanson)
Flores en la entrada del Star Ballroom después de un tiroteo masivo en Monterey Park, California, este 24 de enero. (REUTERS/David Swanson)

Paul Auster sabe lo que es una buena historia. El escritor estadounidense lleva años siendo uno de los más leídos del mundo y supo escribir libros como La invención de la soledad o la Trilogía de Nueva York. Por eso ahora, que quiere hablar de la realidad, y de una realidad terrible, empieza con una narración. Su abuela mató a su abuelo. No por casualidad, no sin querer, no por negligencia, nada de eso. Lo dejó arreglando una luz un día que él fue a la casa -estaban separados-, subió a la habitación, buscó una pistola y le pegó un tiro. El padre de Auster tenía entonces seis años.

El escritor quiere hablar de eso pero en realidad quiere hablar de otra cosa: de la portación de armas en los Estados Unidos, de por qué hay tiroteos en las escuelas, de por qué se defiende a muerte el derecho a estar armado. De las consecuencias de eso. Ese es el tema de Un país bañado en sangre, el libro que el autor acaba de publicar y que en muchos países por ahora sólo se consigue en formato digital.

Auster atraviesa uno de los peores momentos de su vida: Ruby, su nieta de diez meses, murió por una sobredosis de fentanilo y heroína mientras la cuidaba Daniel Auster, el hijo del escritor y padre de la niña. Unos días más tarde Daniel -que estaba en libertad condicional por homicidio negligente- fue encontrado inconsciente en la plataforma del subte y murió. También sobredosis.

Un país bañado en sangre no es una ficción. En sus páginas, el escritor repasa la historia de las armas en su país, el lugar que tuvo la esclavitud y la caza individual de africanos fugitivos, las milicias locales. Hay números aterradores: hay casi 400 millones de armas en un país con 331 millones de habitantes y cada día cien personas mueren por ellas. Y, en promedio, hay una matanza por día.

El tema, además, está en el centro de la grieta que divide al país del norte.

Aquí, algunas de las frases destacadas de Un país bañado en sangre. Este jueves, en el newsletter Leer por leer habrá más información sobre Auster y sobre el libro. Hay que registrarse clickeando acá.

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1) Aquel verano, mis padres me enviaron interno a un campamento de verano de Nuevo Hampshire, donde además de béisbol había natación, piragüismo, tenis, tiro con arco, equitación y un par de sesiones semanales en el campo de tiro, donde por primera vez experimenté los placeres de aprender a manejar una carabina de calibre 22.

2) Y si tu padre ha muerto porque tu madre lo mató a tiros, y si a pesar de eso sigues queriéndola, casi seguro que irás cayendo poco a poco en un estado mental con tantos cables cruzados que en buena parte acabarás apagándote.

3) Lamar me contó otra de las cosas divertidas que le gustaba hacer los sábados por la noche en Baton Rouge cuando estaba aburrido, que consistía en coger su fusil, llenarse el bolsillo de munición, situarse en un paso elevado de la carretera interestatal y disparar a los coches.

4) Si se pone un arma en manos de un maniaco, puede ocurrir cualquier cosa. Eso lo sabemos todos, pero cuando el maníaco parece ser un individuo corriente, equilibrado, sin resentimientos ni evidente rencor contra el mundo, ¿qué debemos pensar y cómo tenemos que actuar?

5) Las estadísticas son a la vez crudas e instructivas. Los norteamericanos tienen veinticinco veces más posibilidades de recibir un balazo que los ciudadanos de otros países ricos, supuestamente avanzados, y, con menos de la mitad de población de esas dos decenas de países juntos, el ochenta y dos por ciento de las muertes por arma de fuego ocurren aquí. La diferencia es tan grande, tan chocante, tan desproporcionada con lo que sucede en otras partes, que hay que preguntarse por qué.

6) Según una reciente estimación del hospital pediátrico del Philadelphia Research Institute, actualmente hay 393 millones de armas de fuego en poder de residentes en Estados Unidos: más de una para cada hombre, mujer y niño de todo el país.

7) Cada año, unos cuarenta mil norteamericanos mueren por heridas de arma de fuego, lo que equivale al número de muertes causadas por accidente de tráfico en las carreteras y autovías de Estados Unidos. De esas cuarenta mil muertes producidas por arma de fuego, más de la mitad son suicidios, lo que a su vez equivale a la mitad de todos los suicidios por año. Si a eso se añaden los asesinatos efectuados con pistolas y las muertes accidentales causadas por armas de fuego, el promedio indica que diariamente hay más de cien norteamericanos muertos a balazos.

Paul Auster. Preocupado por el uso de armas en los Estados Unidos.
Paul Auster. Preocupado por el uso de armas en los Estados Unidos.

8) Automóviles y armas de fuego son los dos pilares de nuestra mitología nacional más profunda, porque el coche y la pistola o el fusil representan cada uno por su cuenta una idea de libertad y autonomía individual, las formas más emocionantes de autoexpresión de que disponemos: atrévete a pisar a fondo el acelerador y de pronto estás circulando a una velocidad de ciento cuarenta kilómetros por hora; flexiona el dedo índice en torno al gatillo de tu Glock o de tu AR-15 y el mundo es tuyo.

9) Para llevar a cabo esas operaciones militares, los colonos organizaban milicias compuestas de todos los hombres físicamente capaces mayores de dieciséis años. No solo se requería que cada hombre se proveyera de un mosquete por su propia cuenta —haciendo de la posesión de un arma más que un simple derecho, hasta convertirla en una obligación, un deber cívico—, sino que además se le exigía servir en la milicia hasta que fuese demasiado viejo para tenerse en pie y llevar el fusil, lo que significa que, ya fuera tendero, campesino o diácono, también era soldado profesional, tanto si le gustaba como si no.

10) En realidad, las patrullas esclavistas constituyeron el primer cuerpo policial de Norteamérica, y hasta el término de la guerra de Secesión funcionaron como una especie de Gestapo del Sur.

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