Ana María Sagi: pasión lésbica, exilio y olvido


En la España de los años 30, Ana María Martínez Sagi (Barcelona 1907-2000) era una mujer irreverente. Su sensibilidad y su talento le llevaron a cosechar éxitos en el campo de la literatura antes de marchar al exilio. La Fundación Banco Santander reúne dos obras inéditas de la autora, Donde viven las almas y Andanzas de la memoria, en la colección Obra Fundamental. Un código QR en la portada del volumen ofrece la posibilidad de escuchar una entrevista con el antólogo y responsable de la edición, Juan Manuel de Prada, y unos fragmentos dramatizados de las obras de Sagi, que revelan su lado más íntimo.

Más conocida sería, en la época, su pasión por el deporte: fue campeona de España en lanzamiento de jabalina y desempeñó con destreza la natación, el tenis y el remo. Participó muy activamente en el Club Femení i d’Esports, una iniciativa feminista impulsada por el gobierno republicano, y formó parte de la junta directiva del Fútbol Club Barcelona. En la Guerra Civil, acompañó a los anarquistas en el frente de Aragón como reportera.

Por si fuera poco, Sagi escribía versos. En 1930 publicó su primer libro de poemas, Caminos, apadrinado por Cansinos Assens. El periodista y escritor César González Ruano conversó con la autora cuando viajó a Madrid para presentar su poemario y Juan Manuel de Prada descubrió aquella entrevista hacia finales del siglo pasado. Al autor de La tempestad le fascinó su frescura y la libertad de sus expresiones, pero no comprendía que su nombre hubiera quedado arrumbado.

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Así comenzó una investigación que culminó el año pasado con dos volúmenes biográficos publicados en Espasa con el título de El derecho a soñar. Sin embargo, la primera aproximación hacia su personalidad cristalizó en la novela Las esquinas del aire (2000). De aquella obra, cuyo título remite a un verso de la autora en el que da cuenta de su voz perdida y está inspirada en su testimonio, De Prada extrajo una conclusión: su tendencia a la fábula (el “derecho a soñar”) no se detenía en su producción literaria.

Es muy probable, por tanto, que las obras presuntamente autobiográficas que nos ocupan estén aderezadas con dosis de ficción. A cambio, deducimos que el hecho de que no quisiera publicarlas al final de su vida –De Prada recibió la encomienda de hacerlo veinte años después de su muerte– significa que albergan sus secretos más profundos.

‘Donde viven las almas’ evoca los días que Sagi pasó junto a Elisabeth Mulder, con quien tuvo una relación

Donde viven las almas, escrito entre 1932 y 1935, evoca los días con Elisabeth Mulder (autora recuperada también en Obra Fundamental) en Mallorca (“¡Isla de la calma”, dice en un pasaje) durante la Pascua de 1932. Sagi conoció a Mulder en mayo de 1930, después de que esta elogiara Caminos, y mantuvieron un romance clandestino y fervoroso hasta 1933. Aquella relación, hecha “de dolor y felicidad a un tiempo”, marcaría a Sagi para siempre.

Aunque el libro se prolonga hasta una relación posterior con una bailarina y gimnasta suiza, Elsy Longoni, la autora regresó siempre a aquel encuentro. Amor perdido, incluido en la antología Laberinto de presencias, es un poemario dedicado íntegramente a esos días, si bien no se refería a ella en femenino, mientras que en este inédito sí.

Donde viven las almas resulta de una selección, a cargo de De Prada, de poemas y viñetas narrativas: apuntes diarísticos, esbozos que no culminaron en composiciones redondas… Un cuaderno de campo que nos aproxima a la verdad de una poeta en su momento más intenso. Desde el relato del ascenso a una montaña –son especialmente bellas las descripciones de esa isla virgen que era Mallorca en 1932– hasta los sentimientos sexuales que le provoca su amada, Sagi se muestra más osada que nunca, enloquecida de amor por unas “manos jóvenes” que se acabaron marchitando.

Andanzas de la memoria, en cambio, fue escrito a comienzos de 1960 y es una acumulación de textos memorialísticos en los que obvia, “por decoro”, los recuerdos “más tristes”.

Los episodios de su infancia, con mucho peso en la obra, evidencian la animadversión que le despierta su madre: “tiránica, sí. Injusta. Sádicamente cruel”, escribe. Sagi da cuenta de los viajes que realizó desde que partiera hacia el exilio en 1939. Italia y Suecia fueron algunos de los países europeos que visita, aunque fija su residencia en Francia, donde pasó hambre en unos primeros años esencialmente ásperos.

La poeta “desfasada”

Cuando se traslada a Estados Unidos para impartir clases en la Universidad de Illinois, recorre toda la geografía americana y se muestra crítica con su sociedad. Al contrario que sucede con Donde viven las almas, la autora calcula perfectamente lo que dice en este libro, pues pretende publicarlo en su primer intento de regreso a España, allá por 1965. El editor Josep Maria Castellet consideró en un informe que “su estilo narrativo raramente sobrepasa el cuadro costumbrista”, que “su modo de narrar ha quedado ya desfasado y no debe publicarse”. Volvería, finalmente en 1978, pero su país le había dado la espalda. Se recluyó en Moià, un pueblo de Barcelona, hasta su muerte.

Sagi lanzando la jabalina hacia finales de los años 20 del siglo pasado. Foto: Archivo Juan Manuel de Prada


Sagi lanzando la jabalina hacia finales de los años 20 del siglo pasado. Foto: Archivo Juan Manuel de Prada

Escritura delicada, temperamento seco

El “derecho a soñar” es, para la poeta Sagi, “el más hermoso de los derechos humanos”, el que nunca nadie le podrá arrebatar. También es el sintagma que da título a la monumental “biografía detectivesca” que Juan Manuel de Prada elaboró sobre la vida y la obra de la autora. Presentada como tesis doctoral en la facultad de Filología en la Universidad Complutense de Madrid, estuvo dirigida por Gonzalo Santonja y Jaime Olmedo y obtuvo un sobresaliente. El sello Espasa (Planeta) editó la obra en dos volúmenes que, reunidos, alcanzan 1.712 páginas y 2.688 gramos de peso.

Quizás el gran hito en la investigación de De Prada fue descubrir que Sagi ficcionó su propia vida, tan turbulenta que le lleva a fantasear con una hija que, en realidad, nunca tuvo, Patricia, a la que dedica el poemario Laberinto de presencias. Los sinsabores de la realidad que elude en su obra sí aparecen desarrollados en estos dos volúmenes. El primero se ocupa de sus treinta primeros años de vida, en los que gozó de una importante notoriedad pública gracias a su éxito en el periodismo, la poesía y el deporte, tanto en la práctica como en la gestión.

El segundo volumen recoge testimonios de personas que estuvieron a su lado en los años ocultos, los del exilio, y la correspondencia que mantuvo con figuras literarias como Carmen Conde. En una extensa carta se dirige también a Mercè Rodoreda, pero la autora de La plaça del Diamant nunca contesta. Pese a que la voluntad del escritor es que esta obra se lea como una novela, incluye documentación administrativa y policial para acreditar sus pesquisas.

Gracias a El derecho a soñar sabemos, entre tanto, que Sagi en su juventud era simpatizante de Esquerra Republicana, aunque su obra periodística y literaria está escrita en español. En la primera etapa del exilio mantuvo una actitud muy catalanista y luego se integra en los ambientes culturales franceses, por lo que se despega de aquel sentimiento de pertenencia. En la soledad del final de su vida, sumida en un anonimato del que no quiso desprenderse, habló en catalán con los vecinos de Moià. Allí es donde, gracias a unas amigas, De Prada logra conocer a Sagi, que le cuenta su vida y le lega su obra. Fascinado por la delicadeza de su escritura, el escritor descubre también que la autora está enemistada con casi todo el pueblo. Dos años antes de morir, se trasladó a una residencia. J. C.



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