Amor, dolor, recuerdo y poesía

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Es valiente, realmente valiente, atreverse a publicar. Lo digo teniendo en cuenta que cada vez que se hace, el autor se somete a distintas formas de ver su obra y a diferentes opiniones sobre lo que él ha plasmado. Es muy atrevido, realmente atrevido, hacerlo entre versos. Papá, en esta nueva Carta a ninguna parte te voy a hablar de un nuevo libro de poesía. Siéntate y lee con atención: te voy a hablar de Aurora.

Sabes lo mucho que me gusta navegar entre poemas, lo que amo y admiro a aquellos que son capaces a hacerlo bajo el talento y el indiscutible trabajo. Por eso hoy me agrada especialmente esta nueva carta, donde te traigo un nuevo autor, donde te hablaré de Amador Fonfría. Y es que se ha lanzado al mundo editorial bajo un poemario redondo, de lectura suave y reflexiones profundas.

No puede comenzar mejor el libro, y es que Amador lo dedica a «la memoria de mi madre, de mi abuela Jesusa y de mi tía Mª Virtudes», mujeres ya en la eternidad de un libro que, como sabes, para siempre permanece.

El texto está dividido en tres partes, como en tres partes están divididos todos nuestros corazones. Quizá de ahí venga esta fractura. Aurora se fractura en El amor y el desamor, El dolor y la muerte, y Otras sacudidas. En algunos de los poemas, Amador introduce una cita de otro autor, como la que incluye en ¿Por qué no te quedas?, que pertenece a mi admirado Tomas Tranströmer y que dice «Hay un soñar-fuera-del-alcance / que siempre está pasando. Luz para otros ojos». Soñemos, ojalá nunca dejemos de soñar. Un poco más adelante, en el poema Única, unos versos bajo el título Sentido me han llamado poderosamente la atención: «El alba ya golpea / el cristal de mis sueños / y comienzo a imaginarte / en la penumbra de mi esencia / para darle sentido a mi vida / en esta sociedad devastada». Solo un poeta podría decir tanto con tan poco espacio: «En la penumbra de mi esencia / para darle sentido a mi vida». Quizá todos tengamos esa penumbra de la que Amador nos habla. Yo, al menos, sí la tengo. Y es precisamente en ella cuando más me acuerdo de ti, papá, para llevarme hasta la luminosidad de la vida.

En Brindis, el autor nos invita a conocer más de sus sentimientos bajo la escena de una copa en mano. Aquí podrás leer que “Brindo / en la copa de tu boca / con el gorgoteo / que nos hace en el corazón / al mirarnos. / Brindo / por tatuarme el alma de felicidad, / la piel de besos y caricias, / y el cuerpo de placer». ¡Brindemos! Creo que el alma de los poetas está construida de amor y dolor. Y no sabría decirte, la verdad, cuál predomina. Hace tiempo leí que no se podía ser un gran escritor si no había dolor en tu vida. No lo sé, ciertamente. Puede que no sea necesario responder esa duda, puede que lo único importante sea tratar de comprender lo que te rodea. Sea como sea, Amador también nos habla del dolor en varios de sus poemas. Sirva este como ejemplo: «No llores, mi niña, no llores / por entregarme el amor / entre el olor de colores. / No hay amor sin dolor; / y tras noches de pasiones / en ti ya anida el pavor», extraído de El dolor de las flores.

Puedo confesarte, papá, que Amador ha puesto mucho de sí mismo en este libro; que leerlo es sentarse a su lado, con un café, y hablar detenidamente de lo que piensa y opina, de lo que le rodea y ha ocurrido. Tengo la fortuna de conocerlo, y hay mucha verdad tras cada verso, e infinito sentimiento tras sus poemas. Cuando no hay miedo a contarlo es porque necesitas hacerlo. Unos lo hacen a un amigo, Amador lo ha hecho como lo hacen los poetas: escribiendo.

Otro de los poemas que tengo subrayados para adelantártelos en esta carta se titula La respuesta, y, bajo cuatro sencillos versos, construye una historia que bien merecería una novela entera: «Alargó la respuesta / en el asomo del silencio. / Y, sin dejar de mirarla, / esperé hasta dilatar el aliento». Algo similar pienso también de Llanto por un imposible, al igual que el anterior, sujeto únicamente por cuatro líneas versadas: «Lloraba cada amanecer / porque la noche no le daba / para vivir lo que soñaba / antes del amanecer».

Doy ahora un pequeño salto para llevarte hasta Un sentimiento nuevo, donde me llama poderosamente la atención la descripción que hace de una situación concreta, y cómo lleva al lector a imaginársela. Extraigo, como muestra, lo siguiente: «Acerco mi boca / a la tristeza de tus labios, / pero torna la cabeza. / Le acaricio el pelo, / pero mi mano aparta. / Se aferra a su pañuelo / y detiene la lluvia / de su tormenta interna. / Camina despacio / como si sus pasos le punzaran el alma. / Camina callada / con exánime voz / o empapada de tedio. / Lanzo su nombre al vacío / y me responde el silencio impío».

Puede que donde ahora te encuentras tengas acceso a todos y cada uno de los libros, puede que lo sueños se construyan allí, puede que el dolor ya no exista y que solo sea el recuerdo de un pasado incierto en el recuerdo. Puede que aquello esté abarcado por almas nobles, por poetas infinitos. Porque quién mejor que ellos, los poetas, para hablarnos de sensaciones y dolor, algo tan humano como el propio pensamiento. Y precisamente de dolor nos habla Amador Fonfría en Y llegará el olvido, donde podemos leer: «Hace días que ya no te persigo; / ni paso por donde te amé hasta morir / ni por donde me arrojaste al olvido. / Quisiera no cruzarme jamás contigo, / ni en silencio tu voz volver a oír / para olvidar el desencanto que se ha ido».

Me despido ya, papá, esta vez con el poema El dominio del tránsito, que el autor dedica a alguien que supongo muy especial para él: Meri. En él encontrarás una sincera confesión de quien lo escribe, que nos afirma que: «El vuelo de tu alma / precedió a la última hora / en el declinar de la Pascua. / Ni suplicaste ayuda / ni necesitaste más compañía / que la conferida por el Redentor / para auparte al empíreo; / Meri y yo solo fuimos espectadores del misterioso / dominio del tránsito».

Tras más de cinco años enviándote estas cartas
, tras tantas y tantas decenas de libros leídos, sigo teniendo esa sensación de plácido bienestar cuando abro cada uno de ellos; y una especial paz cuando acaricio las teclas del ordenador para redactarte una y otra vez, sin descanso, una nueva Carta a ninguna parte. ¿Sabes? Todas comenzaron con una breve conversación entre tú y yo, un hilo irrompible que nos seguía uniendo, más allá del espacio y el tiempo; pero ahora también tengo la sensación de que ya no son solo parte de nosotros, de ti y de mí, sino que conforman un abrazo sincero con todos aquellos que se han acercado a ellas.

Y, con todo este tiempo a mis espaldas y las tuyas, con tantas plumas de indiscutible talento de las que te he hablado, con ese recorrido por la literatura leonesa, creo que el camino no ha hecho más que comenzar. Lo que sí que tengo claro, definido y fijado en el corazón, es la firme creencia, papá, de que no es inmortal el que nunca muere, sino el que nunca se olvida.

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